El día dieciocho comenzó sin ruptura, como si la noche anterior no hubiera terminado realmente, sino que se hubiera diluido en una continuidad silenciosa que no necesitaba transición. Erika abrió los ojos antes de que la luz cambiara, pero esta vez no hubo ese momento de desconcierto que la había acompañado en los primeros días, ni la necesidad inmediata de orientarse. Sabía dónde estaba. Sabía qué era ese lugar. Y, lo que resultaba más inquietante, empezaba a entender cómo moverse dentro de él