La expresión de Naia reflejaba temor, asombro e incredulidad ante lo que estaba viviendo. Su tez había palidecido, mientras sus manos empezaron a temblar. Él sonrío al percatarse de ello.
—No soy un hombre peligroso señora, soy un hombre enamorado que por fin ha encontrado a su esposa —expresó con una sonrisa maliciosa en los labios.
—No sabía que estabas casada Naia, eres muy mala por abandonar a tu querido esposo.
—No es así, yo no me he casado, él no es...
Una cachetada en el rostro terminó