Aceptar intentar algo con Gabriel no produjo ningún cambio extraordinario en la mañana de Lucía. El café seguía sabiendo igual, Valeria continuaba quejándose porque todos vigilaban su tobillo y el cielo sobre Santo Domingo amaneció con ese sol intenso que hacía pensar que agosto tenía asuntos personales pendientes con la ciudad. Sin embargo, mientras estaba sentada en el porche con el teléfono sobre la mesa, Lucía era demasiado consciente del último mensaje que había enviado. Podían intentarlo.