Rachel era su mayor aliada en BenTel y, si era sincera, la única mujer con la que se divertía, como salir a tomar algo.
El teléfono de Rachel pareció sonar eternamente. —¿Lucia? ¿Me llamas desde tu móvil? ¿Por qué no bajaste a mi despacho?
—Estoy en casa. ¿Puedes hablar sin que nadie oiga?
—Dos segundos. Déjame cerrar la puerta del despacho. —Se oyó un crujido al otro lado de la línea—. Vale, habla. Espera. ¿Has sabido algo de ya-sabes-quién?
—No. —Lucia se frotó la cabeza. Menos mal que había c