CAPÍTULO 23. Un contrato
Victoria sintió sus labios, tentativos, ansiosos, salados por las lágrimas. Nada que ver con la violencia con que la había besado hacía tres años. Aquella boca se corrió hasta dejar un beso suave en su mejilla, otro en su frente, y Victoria se acurrucó contra su pecho y se permitió liberar toda aquella tensión.
Su cabeza se convirtió en una fuente de ruido blanco y no supo cuándo el italiano la levantó en brazos y la acostó en la cama mientras el cansancio y la tensión acumulada la vencían.
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