El amanecer no trajo consuelo, solo un vacío que Isa no podía ignorar. Había caminado sin rumbo toda la noche, sus pensamientos atrapados entre la confusión, el deseo y la traición. Cada rincón de la ciudad parecía reflejar su incertidumbre: luces apagadas, calles vacías, sombras que parecían moverse con intención propia.
Se sentó en la cama, abrazando sus rodillas, y repitió una y otra vez en su mente: “No puedo enamorarme de alguien que no conozco… no puedo… pero ya lo estoy haciendo.”
Mientr