Evelyn siseó, el rostro contraído.
—Eve, ¿estás bien? Has estado sujetándote el estómago desde que llegaste —preguntó Lena con preocupación.
Estaban cerca de una hilera de ventanas con vistas a la ciudad. Evelyn se apoyaba contra la pared, respirando a través del dolor. Ahora se sentía más agudo y ardiente.
—Eve, estás pálida —la voz de Lena tembló de inquietud—. Muy pálida.
—Estoy bien. Solo mareada —respiró Evelyn—. Solo… fobia a los hospitales. Ya sabes cómo me pongo.
—¡Cierto! Olvidé que od