Antes de que pudiera protestar de nuevo, él se deslizó por su cuerpo, sus fuertes manos abriéndole más los muslos. Su boca descendió sobre ella; su lengua se aplastó contra su clítoris en una larga y lenta lamida que la hizo gritar.
La espalda de Evelyn se arqueó sobre el sofá mientras él la devoraba: lamiendo, succionando y atormentándola con precisión experta. Sus manos le sujetaron las caderas cuando ella intentó apartarse de la abrumadora sensación.
Cada gemido, cada jadeo que escapaba de e