Su estómago la traicionó.
Un gruñido bajo e inconfundible cortó el silencio entre ellos.
Evelyn se quedó helada.
El calor inundó sus mejillas. Cerró los ojos con fuerza, mortificada.
—Dios mío —murmuró contra la almohada.
Por medio segundo, Roman simplemente la miró, luego sus labios se curvaron en una sonrisa lenta y encantada. Una risa suave se le escapó mientras se inclinaba ligeramente hacia atrás, con la diversión bailando en sus ojos.
—No importa —murmuró, con voz cálida—. Primero te al