Roman tragó saliva con fuerza, sin atreverse a moverse.
Sus piernas se habían entumecido.
—Cariño —murmuró cerca del oído de Evelyn, con voz baja y tensa—, por favor… no te muevas.
Evelyn se tensó.
Se quedó sentada en su regazo, con las mejillas ardiendo y los ojos obstinadamente bajos hacia el mantel. Podía sentirlo todo: su calor, su tensión, la forma en que su cuerpo reaccionaba con demasiada honestidad a su presencia.
Cualquier leve movimiento le arrancaba a Roman un aliento bajo y contenid