Cuando Roman finalmente sacó a Evelyn del baño en brazos, todo su rostro y las puntas de sus orejas ardían de un rojo intenso.
Aún no podía creer que él la hubiera bañado como a una niña, ignorando por completo sus débiles protestas. Su razonamiento había sido calmado y molesto de tan lógico: el agua en sus heridas podía causar infección.
Eso no lo hacía menos vergonzoso.
La había bañado tan bien como a un niño, frotando y tocando sus partes sensibles con rostro impasible, como si fuera lo más