Evelyn sintió el ardor punzante en la mejilla en el momento en que entró en la mansión.
La señora Chen, que la había seguido, notó de inmediato la marca roja e hinchada en su rostro y jadeó.
—Joven señorita, su padre fue demasiado duro con usted.
—No es mi padre —replicó Evelyn con brusquedad.
No queriendo alterar más a la joven señora, la señora Chen se excusó rápidamente.
—Joven señorita, déjeme traerle un ungüento para la cara.
Evelyn asintió.
—Gracias.
—Ay, no hace falta que me lo agra