Mis manos no dejaban de temblar sobre el volante. Conduje lo que parecieron horas, dando vueltas por el vecindario y luego dirigiéndome hacia las carreteras más tranquilas cerca del río donde el tráfico de verano se reducía. El rostro de Sophia seguía destellando en mi mente: la rabia en sus ojos, la forma en que sus uñas habían raspado la ventanilla de mi coche como si quisiera atravesarla y llegar hasta mí. *Te prometo que no te voy a dejar en paz.*
Las palabras pesaban en mi estómago, mezclá