Sophia despertó a la tarde siguiente con el cuerpo gritando de las mejores y peores maneras. Cada músculo se sentía usado, reclamado, poseído. Había moretones frescos floreciendo en sus caderas, marcas de mordidas en la parte interna de sus muslos y un profundo y palpitante dolor entre sus piernas que la hacía apretarse alrededor de la nada solo de recordar cómo la habían pasado de uno a otro sobre ese escritorio como si no fuera más que carne cálida y húmeda para su placer.
Pasó el día flotand