Sophia apenas durmió esa noche. El calor pegajoso de ambos hombres aún persistía entre sus muslos sin importar cuántas veces se moviera sobre las sábanas de seda. Cada vez que cerraba los ojos, sentía las manos rough de Damien agarrándole las caderas en la biblioteca, la forma en que él reía bajo contra su oído mientras la llenaba. La culpa le retorcía el estómago con agudeza, pero solo la hacía más húmeda.
Al anochecer, el aire en la finca se sentía más pesado. Victor había estado callado dura