FLORA
El sabor a ceniza todavía persistía en mi lengua.
El escondite devastado ardía detrás de nosotros, las cenizas de nuestro refugio convertidas en un páramo negro que apenas mejoraba nada. El humo se retorcía hacia el cielo nocturno como los gritos agonizantes de los moribundos.
Esa maldita reina.
Mis manos se apretaron a mis costados mientras David y yo corríamos a través del denso bosque, nuestras capas ondeando a nuestro alrededor con el viento. Todo mi cuerpo dolía por la pelea, por la