HAILEY
La sala de guerra estaba tan silenciosa como una tumba cuando me detuve al frente de la larga mesa de obsidiana, con los ojos clavados en Alexia. La tensión era espesa y pesada en el aire, pero no me importaba la incomodidad de nadie. No hoy.
Alexia estaba sentada rígidamente frente a mí, con las manos aferradas a los brazos de la silla de madera como si eso pudiera mantenerla anclada contra la tormenta que sabía que estaba a punto de enfrentar. Podía verlo en sus ojos: el conflicto que