Michael y su tío William fueron escoltados hasta una de las propiedades de Londres del Duque. Michael, al ver la propiedad, sintió una ira que le atenazó la garganta. Aquella imponente mansión rodeada de bellos y majestuosos jardines no merecía la muerte de su madre. William percibió la tensión de su sobrino y, en señal de apoyo, puso una mano en su hombro.
—Tienes un lugar aquí, y no olvides que yo no te abandonaré, eres el único hijo de Benedict.
—Su ilustre señoría querrá decir —respondió