No tengo ganas de ser un caballero esta noche. —No. —Me pego a su espalda, presionándola contra la pared—. Como ya dije, la que necesita aprender modales eres tú, no yo, y ni siquiera dijiste «por favor».
—¡Vete al infierno!— Resoplando, intenta retroceder, pero la sujeto firmemente con mi ancho cuerpo.
—Ya estoy aquí, cariño.— Porque sé lo dulce que sabe su coño, y trabajar con ella todos los días es como vivir en la guarida de Satanás, un antro de iniquidad, sin poder jugar si nunca vuelvo a