72. NO TE MERECES NADA.
—¡Quiero que se vayan! —gritaba Simón, con la poca fuerza que tenía en la habitación de la que un día fue una gran mansión y ahora parecía algo más a una casa embrujada.
—No nos vamos a marchas, puedes gritar tanto como quieras, nadie más allá de la enfermera y la señora de la cocina te van a escuchar.
La rubia, que ahora tenía una panza prominente debido a sus 6 meses de embarazo, caminaba alrededor de la cama en la que estaba postrado el hombre que un día le dijo ser su padre.
Era más una