La noche era fría y silenciosa en el corazón del bosque. Solo los crujidos de las ramas y el leve susurro del viento acompañaban a Alice y Daniel mientras se adentraban en el lugar, alejándose de los ecos de la explosión que resonaban en la distancia. Alice caminaba con pasos torpes y rápidos, sus ojos reflejaban puro pánico. De repente, se detuvo, dio un giro brusco y agarró a Daniel por el brazo.
—¡No puedo más! —Gritó Alice, con su voz quebrada por el miedo. —¡Esto es culpa mía! De no haber s