Al día siguiente cuando llegue a la empresa ya Claudine estaba allí, y en mi escritorio había un enorme ramo de rosas blancas.
Claudine se levantó de su silla y corrió a mi, se puso de puntillas y me dió un beso en los labios.
— ¿Te gustan? — Me preguntó emocionada.
— Están preciosas — Le contesté.
Ella se separó de mi y me presumió su bolso. yo me reí un poco.
— Te queda precioso — Le dije.
Hoy ella se veía más feliz, más resplandeciente más hermosa.
— Deberías comprarme un Birkin, o otro Mini