Capítulo 57. Las alitas del Dragón.
La casa amanecía envuelta en ese silencio pulcro que solo se rompe con el tintinear de la vajilla. El sol se filtraba por los ventanales, haciendo brillar el mármol claro de la cocina- comedor. El aroma del café recién hecho se mezclaba con el del pan tostado, y el periódico crujía con cada movimiento de Eliot, sentado en la cabecera de la mesa. A su lado, las gemelas desayunaban entre risas y cucharitas; Tarō, recostado bajo la mesa, vigilaba con paciencia que no cayera nada al suelo.
Eliot pa