La sangre se calienta a altas temperaturas dentro de mis venas. Podrá ser un maldito Capo de la mafia y el más sanguinario de todos, pero no tiene derecho a decidir qué hacer con mi vida.
―¡¿Darte?! ―respondo con indignación―. Para ser el cabecilla principal de una organización de delincuentes, ¡eres bastante estúpido! ―pierdo la facultad de razonamiento―. ¡No eres Dios! ―le grito iracunda―. No puedes pretender decidir sobre la vida de los demás, como si se tratara de arrancarle las hojas a una