—A mi oficina. —dije sin detener mis pasos pero al no escuchar su taconeo me detengo para verla.
Aún seguía sentada y eso me extrañó —Lo siento pero no. —dice con simpleza observando sus uñas.
¡¿Acaso es un chiste?!. —Usted trabaja para mí —la paciencia se acaba en mi —Así que obedezca.
—Si es cuestión de trabajo iré, de lo contrario seguiré con mi trabajo pendiente.
Así que me está provocando, bien entonces será por las malas.
—De acuerdo —le doy la espalda pero vuelvo a verla sobre mi