El volante vibraba bajo sus manos.
Elena apenas veía las fachadas elegantes que se deslizaban a ambos lados de la calle. Las luces de Londres se estiraban en líneas doradas sobre el parabrisas, distorsionadas por la humedad de sus ojos, aunque se negaba a llorar.
No iba a llorar.
Apretó el acelerador.
El motor respondió con un rugido grave, casi animal.
“Siempre pegada a él como una lapa.”
La voz de Xander volvió, nítida, cruel.
El pie de Elena se hundió más.
El coche avanzó con violenc