Fermín, enfurecido, lanzó la silla al suelo de un solo golpe y, Abelardo, siguiéndolo, golpeó con fuerza la mesa. En la sala de reuniones, resonaron estruendosos ruidos.
Ambos estaban humillados y muy enfurecidos. Claus estaba pisoteando lentamente la dignidad y el rostro que les importaban.
Ante esta escena, la expresión de Claus no cambió en absoluto.
Estos dos no eran más que incompetentes, simplemente expresando su gran frustración.
Él los miró con calma.
—Si quieren irse, pues váyanse.