Dante tenía que reconocer una cosa. A pesar de que amaba a toda su manada, a su protegido Bastian, a su hermano y a sus hijos, el regalo que realmente había estado esperando era el de su esposo Lukyan.
Y por lo visto ya entendía por qué no podía dárselo delante de todos.
Estaba seguro de que si lo hacía tendría que arrancar unas cuantas cabezas. No por ver el cuerpo desnudo de su lobo, eso era normal en ellos, sino por lo que se imaginaba que estaba sobre este. Ya estaba salivando y dolorosame