3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 4. Súplicas desesperadas
3 RAZONES PARA AMAR
CAPÍTULO 4. Súplicas desesperadas
—¡Soy su hija! —espetó Athena, con la voz temblorosa pero decidida—. ¡Te guste o no, merezco despedirme de él!
Audrey la miró como si acabara de decir una blasfemia. Estaban todavía en el baño de la cafetería, con el olor a jabón barato flotando en el aire y el zumbido amortiguado de las conversaciones al otro lado de la puerta.
Su madrastra cruzó los brazos, rígida, recuperando poco a poco esa postura defensiva que Athena había aprendido a conocer al final, esa que usaba cuando decidía no escuchar.
—¡Pues no lo voy a permitir! —respondió sin rodeos—. Soy su esposa. Yo decido quién entra y quién no.
Athena dio un paso hacia ella, incapaz de contenerse.
—¡Audrey, por favor! —insistió—. No quiero discutir contigo. Solo quiero verlo. Hablarle. Decirle adiós.
Pero la mujer negó con la cabeza, tensa.
—No —repitió—. Si te acercas a Dorian, Cassian retirará todo el dinero. ¡Todo! Y yo no tengo cómo cubrir los gastos. ¿Lo entiendes o te lo