3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 33. De algo hay que morirse
3 RAZONES PARA AMAR. CAPÍTULO 33. De algo hay que morirse
El médico tomó aire, acomodó su postura y avisó con la seriedad de quien ya había hecho aquello demasiadas veces como para adornarlo o suavizarlo.
—Voy a reacomodar el codo… ahora.
Cassian tenía la mandíbula tensa, los hombros rígidos y el orgullo intacto, como si aquello fuera solo un trámite incómodo que prefería despachar rápido. Athena, en cambio, estaba demasiado alerta, demasiado cerca, demasiado consciente de cada mínimo movimiento. Lo sostenía con firmeza, casi con desesperación, como si pudiera evitarle el dolor a base de sujetarlo con fuerza.
Sentía su respiración agitada contra su pecho, el peso de su cuerpo ligeramente inclinado hacia ella, la tensión acumulada en cada músculo.
El médico hizo el movimiento rápido, preciso, casi quirúrgico.
El crac seco resonó en la habitación con una claridad brutal, como si el sonido se hubiera clavado en el aire y no quisiera desaparecer.
—¡Aaaaah! —gritó Athena, sobresaltada, afe