Los golpes volvieron a resonar contra la puerta.
Eran firmes, ordenados y lo suficientemente fuertes para despertar a cualquier persona que todavía continuara dormida dentro de la casa.
Mariana retrocedió con Marcos apretado contra el pecho. El pequeño, alterado por las voces y el movimiento, comenzó a quejarse mientras ella le acariciaba la espalda para tranquilizarlo.
«Abran en nombre de la autoridad», repitió el hombre desde el exterior. «Traemos una orden relacionada con el señor Ernesto y