Los días siguientes transcurrieron bajo una calma que ninguno se atrevía a considerar verdadera.
La vida en la casa continuaba. Doña Rosa se levantaba antes del amanecer para preparar el café. Don Tadeo recorría los cultivos con Julián. Mariana atendía a Marcos y ayudaba con los quehaceres, mientras la voz del pequeño volvía a llenar los rincones que durante tanto tiempo habían permanecido silenciosos.
Sin embargo, algo había cambiado.
Cada vez que un caballo se escuchaba a lo lejos o una carre