El sonido del grifo cerrándose en el baño fue como el chasquido del percutor de un arma.
Aleksei salió un minuto después. Tenía el cabello oscuro húmedo y gotas de agua fría resbalando por su pecho desnudo, pero la tensión en su mandíbula no había disminuido ni una fracción. El agua no había lavado su paranoia. Sus ojos grises escanearon la suite blindada, buscando un enemigo invisible.
Caminó hacia el sofá, recogió la tableta encriptada que había dejado caer antes y se dejó caer en el borde de