—Los Dreknar regresaremos a nuestro territorio, Kael. No queremos más derramamiento de sangre —Thodor habló con tono firme, casi diplomático.—La tierra ya decidió por nosotros, Thodor. No sobreviviremos a otra guerra —asintió el alfa de valragh .—Lo sé. Y no quiero más pérdidas. No queremos más muertes. Este no es el momento. Pero recuerda… las heridas que no sangran también supuran.Kael no respondió. Solo lo observó, algo en esas palabras lo inquietó más de lo que habría querido admitir.Ambos se dieron la espalda y se alejaron sin más palabras. No hubo apretón de manos, ni promesa sellada. Solo distancia.Horas después, en un claro oculto del bosque donde los sobrevivientes de la manada Dreknar se refugiaban antes de seguir su viaje, Thodor se plantó frente a los suyos. La luna iluminaba su rostro endurecido por el rencor.—No me importa lo que hagan los de Valragh —Hace una pausa, su tono se vuelve más duro: —Pero no debemos olvidar que Igvar fue asesinado. No cayó en combate.
El hospital central de Luzbria era un infierno.Pasillos saturados, gritos en cada esquina, sangre que ya no se limpiaba, solo se esquivaba. El temblor había sido devastador, pero el verdadero desastre vino después: hombres, mujeres y niños arrastrados por los suelos, heridos por derrumbes, por estampidas… por bestias.Kael no había dormido. No podía.Con el rostro cubierto de sudor y ojeras, caminaba de un ala a otra con la bata blanca aún ensangrentada.Una enfermera se le acercó con los ojos al borde del colapso.—No damos abasto —susurró—. No tenemos más suero. No tenemos más manos.Las salas de emergencia estaban desbordadas. Había pacientes tirados en colchones improvisados, en camillas metálicas, en sábanas sobre el suelo. Algunos lloraban. Otros ya no podían. Los médicos trabajaban con lo poco que quedaba. No había suficiente morfina. Ni plasma. Ni oxígeno.Kael sintió la presión en el pecho, pero no era humana. Era su lobo rugiendo, contenido bajo su piel. Y esta ciudad, aun
Las huellas eran apenas visibles, pero los Dreknar sabían leerlas como quien sigue la sangre en la nieve. Thodor iba al frente, los ojos inyectados de determinación. El olor de Maerthys aún persistía, débil, como un eco desvanecido, pero estaba allí… y no se detenía.—Se alejó de Valragh —gruñó uno de los suyos, olfateando el aire entre los pinos retorcidos—. Su rastro... no tiene rumbo. Es como si anduviera dando vueltas sin saber a dónde va.Thodor apretó los puños:—El suelo es fácil de leer. Su rastro es... claro. Se está arrastrando de un lugar a otro, sin más dirección que la que el azar le dé. No tiene a dónde ir. Claro que no se esconde. ¿Cómo lo haría? Ya no es una bruja.Otro lobo gruñó por lo bajo. Sabían lo que eso implicaba. Maerthys sin magia es una presa.—No bajen la guardia —advirtió Thodor, la voz rasposa—. Aún puede ser peligrosa. No podemos confiar del todo en lo que ha dicho.A kilómetros de allí, lejos del rugido del bosque y del aliento feroz de los Dreknar, Mae
Habían pasado dos meses desde el devastador terremoto que sacudió Luzbria, y aunque las heridas seguían frescas en el alma del pueblo, la vida comenzaba a abrirse paso entre los escombros. Poco a poco, la paz y la seguridad volvían a asentarse. Algunas edificaciones habían sido destruidas por completo, otras resistieron lo suficiente como para ser restauradas, y en cada rincón se sentía el esfuerzo colectivo: manos unidas, corazones dispuestos, vecinos ayudando a reconstruir lo perdido.En la reserva de Valragh, la calma también regresaba... al menos en apariencia. Solo una mujer —una loba, parte de la manada y del alma del bosque— seguía anclada en la sombra de su dolor. Kira no había vuelto a ser la misma desde la desaparición de Nox.Aislada, silenciosa, reacia incluso a la compasión de los suyos, vivía atrapada entre la esperanza y la ausencia. Por más que intentaban levantarle el ánimo, por más que le ofrecían compañía, palabras dulces o momentos compartidos, ella no respondía. C
El aire olía a lavanda fresca y resina de pino. En la cabaña ,los rayos de sol de la tarde se filtraban por la ventana, cubriendo todo con una luz dorada y suave. Lina estaba de pie frente al espejo, con el corazón latiéndole más fuerte de lo normal. No de miedo, sino de algo más íntimo… como si su alma supiera que esta noche cambiaría su destino.Clara, con manos delicadas y cálidas, ajustaba con cuidado los broches del vestido que había confeccionado ella misma con ayuda de las mujeres de la manada. El tejido, suave como el susurro del viento, era de un tono marfil con reflejos perla, sencillo pero hermoso. Caía como agua sobre la piel de Lina, dejando al descubierto su espalda y abrazando su figura con gracia. Un lazo de seda trenzado con hilos dorados ceñía su cintura.—Estás preciosa —susurra Clara, sonriendo mientras acomoda la tela sobre sus hombros.Lina no responde de inmediato. Se observa en el espejo y, por un momento, no se reconoce. La imagen pertenece a alguien que ha at
Lina Winters apretó el volante del Jeep, el sonido de las ruedas sobre el camino de tierra resonaba a través del silencio denso del atardecer. La Reserva natural de Blackwood estaba en lo profundo de un valle. Las montañas cubiertas de pinos se alzaban como sombras gigantes contra un cielo que comenzaba a oscurecer, pintando todo con tonos de gris y azul. El aire fresco traía consigo el olor a tierra mojada y madera, una fragancia cruda que parecía invadir sus pulmones con cada respiro.Al llegar al borde de la reserva, se detuvo en un claro solitario y observó la vasta extensión de árboles que se extendían ante ella. El paisaje era tan hermoso como inquietante: vastas colinas cubiertas de un espeso manto de árboles, y en el horizonte, una cadena montañosa que parecía abrazar el cielo.—Este es el lugar donde Clara desapareció —susurró, como si al decirlo, las palabras pudieran explicarle algo que llevaba un año preguntándose. Su corazón latía con fuerza mientras miraba hacia el bosqu
El alfa sentía una feroz guerra dentro de él, una batalla entre lo que sabía que debía hacer y lo que su corazón le dictaba. El vínculo que se había formado con la humana, era un peligro que no había anticipado. Su mente estaba llena de tormentas oscuras, pensamientos que se mezclaban con la preocupación por la manada, por el futuro incierto que podría desatarse si esta situación continuaba."Esto no debía pasar," pensaba, mientras sus ojos recorrían a Lina con una mezcla de urgencia y desespero. Sabía que su presencia en ese lugar ponía en riesgo no solo su vida, sino la de todos los que él amaba, los de su manada. Pero el instinto lo había llevado hasta ella, y ahora su única prioridad era mantenerla a salvo, sin importar las consecuencias.Con voz grave, casi rota, le dijo:—Tienes que irte. Este lugar no es seguro. Es mejor que te vayas, antes de que todo empeore.Lina, desorientada y aterrada, aún no lograba procesar lo que había ocurrido. La confusión y el miedo la envolvían. Co
—Está hecho, Kael. La humana ya está fuera de la Reserva. —Nox se acercó a su líder con paso firme, sus ojos grises reflejaban determinación.Kira, otra miembro de la manada, dio un paso adelante. Su presencia, aunque menos imponente, irradiaba una autoridad serena.—La llevamos hasta el límite norte, cerca del viejo puente. Está a salvo, pero… no tardará en darse cuenta de que algo no está bien.Kael asintió con un gruñido bajo, mostrando su satisfacción. Su mente, sin embargo, seguía trabajando en los posibles escenarios que podían desatarse ahora que Lina estaba fuera de su alcance.***Nox y Kira habían llegado al lugar donde aún permanecía Lina, siguiendo las órdenes de Kael. Como líder de la Manada de Valragh, él mismo les había encomendado la misión: sacar a la humana antes de que el caos se desatara.Kira caminaba delante, con pasos ágiles y seguros. Su cabello rojizo, tan intenso como las hojas de otoño, parecía arder bajo los últimos rayos del sol. Su rostro, de facciones de