La señora de los tristes

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La señora de los tristes es un libro de relatos urbanos que narran las vidas de varias escritoras. Alguna de ellas sufren por amores y otras por la furia escribir para obtener reconocimiento en el país como intelectuales y promotoras de la cultura.

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Prólogo
Quisiera ser más civil, es decir, leer para ser una intelectual y resignada al monasterio de las letras pasivas, sin embargo, soy una creadora, y pienso que la necesidad de verter contenido literario es gratificante para compartir con el público lector las experiencias tanto propias como la de algunas amigas y conocidas.            Los relatos en este libro son de corte neo naturalista e hiperrealista (tómese como referencia a Jonathan Franzen y Zadie Smith desde la perspectiva posmoderna, y Flannery O’Connor, y Raymond Carver en el plano hiperrealista, y lo nacional realista y fantástico a Juan Aburto o Manolo Cuadra desde la tradición, pero en lo actual: Martha Cecilia con su libro de relatos Familia de cuchillos), tal vez suene pertinaz, pero es así, una cruda realidad que vivimos las mujeres a diario, desde mujeres que habitan entre perros y gatos, hasta heroínas
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Responso de la imitadora
Responso de la imitadoraBarajando recuerdos me encontré con el tuyo.Claribel Alegría La furia de una escritora es distinta a la de un escritor, es cierto que nos parecemos en cuanto a la inmortalidad de las obras y la necesidad de explayar nuestras ansias en libros; nuestros amores los vivimos de manera diferente, las locuras en nuestro interior se manifiesta en un silencio, pero cuando se llega a las letras, ese silencio se acaba. En el caso de este libro de relatos, describo las historias contadas por mis amigas desde sus diferentes ámbitos, con grabadora en mano escuché sus terribles agonías, y me compartieron sus escritos que ellas no sentían la capacidad de desarrollarlas en historias más que meras anotaciones, y por eso me confiaron la estructuración de una narrativa que rescatara sus silencios.       
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La periodista
La periodistaA mediados de esta década me decidí por el periodismo independiente para escribir historias urbanas; debido a esta euforia, pensé en las herramientas del periodista tal como dice Kapuscinski: cuaderno, bolígrafo y cámara en mano. Recuerdo conducir mi auto y detenerme en el semáforo de la Avenida Bolívar, vi a unos vendedores ambulantes con tucanes y chocoyos enjaulados, fue la primera historia que se me ocurrió escribir. Con mi cámara y sin que se dieran cuenta, les tomé algunas fotografías.            El semáforo cambió a verde y, avancé hasta llegar a la zona de Metrocentro, decidí ir por un café para escribir el artículo periodístico experimental. Digo experimental porque estudiaba derecho, no periodismo, pero había cursado un taller de crónic
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Desde la penumbra
Desde la penumbraEmpecé a escribir debido a las pesadillas que me abordaban de manera constante; nunca antes había experimentado el temor descarnado de una muerte súbita, así fue como inició mi miedo a morir sin antes escribir aunque sea un relato. Mis dolores son comparados a algunos escritores que padecieron el hambre, aun sí se mantuvieron firmes y diligentes, hablo de Lovecraft, a quien Borges le dedicó un relato. No sé cuáles fueron las intenciones del argentino, pero sé que su ansia por el mundo anglosajón debió llevarlo a una conclusión: Lovecraft es un maestro de la literatura fantástica.            Como autor del siglo pasado, presiento una agonía por la vida, es cierto que lo describe en sus cartas como una apatía, y, a pesar d de su racismo, que no podemos juzgar debido a su
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Seres inanimados
Seres inanimadosEl espíritu de Ligotti se encendía en mis entrañas cada vez que veía a las multitudes odiosas en la cafetería central de la universidad. Dedicaba horas a observar la gula de los estudiantes —Papas fritas, gaseosa, donas, burritos—. Tomaba asiento cada vez que podía en las mesas de la cafetería a escuchar las tontas conversaciones de mis contemporáneos.             A veces soñaba con la cafetería y me veía sentada escuchando estas pláticas superficiales de bares y discotecas. Sus risas me provocaban un desaire, y un asco total por sus preceptos banales de la vida. Quería gritarles en sus caras que son unos imbéciles, y solo desperdician sus vidas intentando conseguir un título para satisfacer a sus padres y deseos de tontos que aspiran a un supuesto puesto labor
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Al menos un día
Al menos un díaLos sentimientos de suicidio han abordado a miles personas, incluyendo artistas, tanto escritores como músicos, en mi caso, desde adolescente presentí ese temor a la vida, a enfrentarme a la realidad con todas mis dolencias, al principio desconocía lo que estaba pasando, pero para averiguar eso, empiezo con algunos antecedentes y circunstancias que socavaron mi vida al punto de sentirme abandonada e incomprendida.            Tomé clases privadas de bajo para evitar el bochorno de mis pensamientos. El instrumento se manifestó como un adivinación, es decir, después de escuchar a Haitus Kaioyote, el grupo musical australiano que casi gana un Emmy, debido a su destrezas y combinación de géneros musicales, me decidí por aprender a tocar bajo de manera profesional a los quince años. Como
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El juego perdido
El juego perdidoMi tío Leonardo Dávila en su juventud fue un ajedrecista con grandes aspiraciones, aunque sus sueños como Gran Maestro (un sueño que muchos tienen, tal vez una locura) fueron truncados por la guerra de los ochenta, después del Servicio Militar siguió jugando, sin embargo, los estragos mentales le impidieron un entrenamiento disciplinado. Trabajó para el Estado Mayor, y al finalizar el gobierno sandinista se dedicó a trabajar como ayudante de carpintero, oficio que aprendió y con la ayuda de mi padre abrió su propia carpintería.            Aun con los sueños encendidos de jugar ajedrez, elaboró un tablero con elegantes características, y fue gracias a él que un grupo de jóvenes y señores se empezaron a reunir en la Colonia La Centroamérica. &nbs
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Las correciones
Las correccionesLa puesta en escena de Las correcciones se debe a una engorrosa historia de mi pasado. Algunos críticos señalaron mi obra como una tormentosa muestra de estupidez juvenil, sin embargo, mi intención era mostrar la vida de una teatróloga en medio de sus desvaríos provocados por desamores urbanos. Como escritura de vanguardia, procedí con algo que apenas el director de la obra logró comprender. Le dije era necesario presentar los monólogos interiores del personaje de la misma manera que lo escribí. Había una necesidad de explorar en mi interior aquello que me sucedió y nadie de mis círculos cercanos tanto como amigos y familiares entendieron.             En principio, estudié una licenciatura en dramaturgia, nunca tuve la oportunidad de escribir narrativa porque sentía que no era lo
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La barbería
Tacho, el sobrenombre que mi padre le puso a Luis Morales, debido a su trabajo como barbero de Somoza, tiene alrededor de 80 años, y aun se ve entero, con ganas de seguir dando guerra a la vida. Hace una década que mi padre empezó a visitar la barbería de Tacho, siempre lo acompañaba para ir a escuchar las historias del barbero, mientras Denis Orozco, el nieto de Tacho, le cortaba el pelo a mi padre. Todo comenzó cuando mi mamá le exigió cortarse la melena de rockero, aunque él no quería, me dijo que debía hacerlo para complacerla, y no había opción.             Él tenía una banda de Death Metal a sus treinta y cinco años, debido a su nueva apariencia decidió abandonar el grupo. Con su oficio como profesor de batería conseguía los ingresos del hogar, desde que tengo memoria, v
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Echar el tiempo atrás
Francisca Sánchez fue mi compañera de la carrera de sociología en la Universidad Centroamericana. No siempre fuimos buenas amigas, aunque compartíamos ciertos sentimientos acerca de la realidad pesimista que nos tocaba vivir. Para aliviar mi aburrimiento, iba a las afueras de la universidad a fumar algunos cigarros. Gloría parecía una santurrona, pero una vez me vio fumar y se acercó a hablarme porque además de verme con un cigarro, tenía en mi otra mano un poemario de Verlaine.            Nunca la había visto fumar, sin embargo, me pidió un cigarro, lo encendió y me acompañó en aquellos diez minutos de receso. Pronto se volvió un hábito, creo que la influencié con mis ganas de fumar, y nos íbamos a la venta a comprar cigarros y hablar sobre nuestros gustos literarios. Un día le confes&eacu
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