El corazón de Emilia dio un vuelco. Se clavó las uñas en la palma con tanta fuerza que apenas logró contener sus emociones.Retrocedió un paso para poner distancia entre Adrián y ella, y respondió con cortesía, pero con evidente frialdad:—Es una sorpresa. Un regalo para felicitarte a ti y a la señora Mendoza por su matrimonio.Ese regalo era, en realidad, su despedida definitiva.Al notar el distanciamiento deliberado de Emilia, Adrián frunció ligeramente el ceño, casi imperceptiblemente. Después de un largo silencio, dijo con voz ronca:—Me alegra que hayas podido entenderlo por ti misma. Soy diez años mayor que tú y, además, soy de la misma generación que tu padre. De ahora en adelante, no vuelvas a decir tonterías sobre casarte conmigo. Todavía eres muy joven; deberías pasar más tiempo con gente de tu edad.En ese momento, aparecieron nuevos comentarios.“¡No le creas, Emilia! ¡Solo dice eso porque le duele que te hayas alejado de él! Desde que te le declaraste a los dieciocho, él
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