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CAPÍTULO 13 — Las puertas cerradas se abren

El camino de regreso a la mansión transcurrió en un silencio muy distinto al de otras veces. No había tensión, ni distancia, ni la sensación de estar caminando sobre cáscaras de huevo. Él sostenía mi mano entre las suyas sobre el reposabrazos, entrelazando los dedos de vez en cuando con una calma nueva, como si por fin hubiera dejado de luchar contra sí mismo. Miraba por la ventana de vez en cuando, pero siempre volvía la vista hacia mí, estudiándome el rostro con una atención que ya no intentaba disimular.

Al entrar al vestíbulo, no se marchó a su estudio ni se despidió con una frase cortante como solía hacer. Se quedó de pie frente a mí, con la luz cálida de las lámparas bañándonos en sombras suaves, y me soltó la mano solo para acariciarme suavemente la muñeca con el pulgar, una y otra vez, como si necesitara comprobar que yo seguía ahí, real y presente.

—¿Te apetece sentarnos un rato? —preguntó, con una voz que parecía preguntar algo más que si queríamos estar en el salón—. Quiero… hablar contigo. De verdad.

Asentí sin dudar. Caminamos juntos hacia la pequeña sala de estar que daba al jardín trasero, un lugar más íntimo y menos imponente que el gran salón principal. Él encendió la luz tenue de una lámpara de pie y se sentó a mi lado en el sofá, dejando un espacio respetuoso al principio, pero girando el cuerpo hacia mí completamente.

Se pasó una mano por el cabello, desordenándolo, y miró hacia la chimenea apagada unos instantes como buscando las palabras. Cuando habló, lo hizo despacio, como si cada costara un esfuerzo inmenso sacarlo de dentro.

—Nadie me enseñó a ser de otra manera —empezó, sin mirarme todavía—. Mi padre creía que mostrar sentimientos era una debilidad. Que si te importa algo más que el control, eso te puede destruir. Viví toda mi vida así: sin pedir ayuda, sin confiar, sin dejar que nadie viera que a veces también me canso. Cuando llegaste tú… rompiste todo lo que yo creía saber. Me asusté porque no supe cómo manejarlo. Y en lugar de buscarte, me escondí detrás de las reglas y del contrato. Pensé que si te mantenía lejos, no me harías daño y yo no te dañaría a ti.

Levantó la vista entonces y me miró directamente a los ojos, con una sinceridad que me hizo doler el pecho.

—Pero estaba equivocado. Ya te hice daño igual. Y me hice daño a mí mismo.

Me acerqué un poco más hasta que nuestras rodillas se rozaron. Puse una mano sobre su mejilla y sentí cómo se inclinaba levemente hacia mi tacto, cerrando los ojos un instante como si le aliviara.

—No tienes que aprender todo de golpe —le dije suavemente—. Solo tienes que dejarme entrar. Y decirme cuando tengas miedo. No es necesario que seas fuerte siempre.

Abrió los ojos y tomó mi mano entre las suyas, besándome la palma con una ternura que me llenó de calor.

—Tengo miedo muchas veces —admitió con un hilo de voz—. Miedo a perderte. Miedo a que te des cuenta de que no soy tan perfecto como parezco y te vayas. Pero sé que no puedo dejarte ir. Ya no puedo imaginarme despertar y no saber que estás aquí. Que eres mía.

—Soy tuya —respondí sin dudar—. No por el papel, no por el dinero. Porque yo también te elijo a ti. Con tus miedos y tus muros.

Se inclinó hacia mí despacio, besándome con una lentitud que parecía querer decir todo lo que las palabras no lograban. No era un beso urgente ni desesperado; era un beso de promesa. Cuando sus labios se separaron de los míos, se quedaron muy cerca, rozándose apenas, y susurró:

—Quiero que conozcas todo. Lo bueno y lo malo. No quiero más secretos.

Durante las dos horas siguientes, Ethan me contó cosas que nadie más sabía. Me habló de su infancia solitaria, de las exigencias desmedidas de su padre, de la primera vez que tuvo que tomar una decisión difícil siendo apenas un niño. Me explicó los negocios turbios, las deudas que no aparecían en los libros, las amenazas que a veces recibía por teléfono en la madrugada. Mientras hablaba, veía cómo se le aligeraba el pecho, como si cada palabra dicha fuera una carga menos que llevaba encima. Yo escuchaba en silencio, apretándole la mano cuando la voz se le quebraba, abrazándolo cuando las emociones lo desbordaban. No lo juzgué. No le dije que todo saldría bien como si fuera una verdad asegurada. Solo estuve ahí. Y pareció que eso era lo que más necesitaba.

Cuando terminó, ya era de madrugada. La casa estaba en absoluto silencio y fuera solo se oía el viento mover las hojas de los árboles. Estábamos muy abrazados, con la cabeza de él apoyada en mi hombro y sus brazos rodeándome la cintura con fuerza.

—Gracias —murmuró contra mi cuello—. Por no irte. Por quedarte cuando te di razones para marcharte.

—Siempre te daré razones para quedarme —respondí, besándole el cabello.

Se incorporó lentamente y me miró con una sonrisa que empezaba a serle natural, una sonrisa que llegaba a los ojos. Se levantó del sofá y me tendió la mano.

—Ven —dijo con suavidad—. Hay algo que quiero enseñarte.

Lo tomé sin preguntar. Caminamos juntos hacia el piso superior y en lugar de dirigirse a mi habitación o a la suya, continuó hasta el final del pasillo, donde había una puerta que siempre había visto cerrada y que yo nunca me había atrevido a preguntar qué había detrás. Se detuvo frente a ella, puso la mano en el pomo y se giró hacia mí.

—Esta era la habitación de mi madre —dijo con un tono de voz distinto, más suave y respetuoso—. Nadie entra aquí desde que ella murió. Ni yo. Siempre me pareció que si abría la puerta, todo lo que quedaba de ella se desvanecería. Pero hoy… hoy me di cuenta de que algunas puertas cerradas no protegen nada. Solo nos mantienen a nosotros fuera de lo que realmente importa.

Giró el pomo y empujó la puerta lentamente. El aire ligero y un poco polvoriento de una habitación intacta durante años nos recibió. Las cortinas estaban corridas, pero la luz de la luna entraba lo suficiente para dejar ver que todo seguía igual: un escritorio con papeles ordenados, un sillón cómodo junto a la ventana, estanterías llenas de libros y flores secas en un jarrón. Ethan entró conmigo de la mano y mientras recorría la estancia con la mirada, sentí que no solo me abría una puerta de una habitación. Me abría las puertas de su propio mundo.

—Un día te enseñaré todo bien —prometió, mirándome a mí y no a la habitación—. Pero ahora solo quería que supieras que también tienes derecho a estar aquí. En todos los sitios. En todo lo mío.

Me atrajo hacia sí y me besó bajo el marco de la puerta, y en ese momento supe que las paredes que Ethan había construido alrededor de su corazón ya no eran una prisión para ninguno de los dos.

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