El sol empezaba a caer, tiñendo el cielo de tonos dorados y rosados, cuando llegué al jardín. El aire olía a flores recién abiertas y a tierra cálida, y el silencio del lugar estaba lleno de una paz que jamás había sentido antes. Todo estaba tal como lo habíamos imaginado: las sillas de madera dispuestas en semicírculo, las velas esperando el momento de encenderse, y al fondo, el rosal que habíamos plantado juntos, ahora lleno de flores grandes y hermosas, como si también él celebrara este momento. Me quedé un instante entre los árboles, observando todo sin atreverme a dar un paso más. Mi padre estaba allí, junto a Mariana, hablando en voz baja, y al verme, ambos sonrieron con los ojos brillantes de emoción. Pero yo no podía mirarlos a ellos. Solo podía mirarlo a él. Ethan estaba de pie frente al rosal, vestido con sencillez, y cuando se giró y me vio, su respiración se detuvo por un instante. Caminó hacia mí despacio, como si temiera que el momento se desvaneciera, y cuando llegó ha
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