CAPÍTULO 16 — Ecos de una promesa

La mansión estaba en silencio cuando regresamos de la costa, pero ya no se sentía vacía ni fría. El aire olía a madera pulida y a la lavanda que yo misma había pedido para las habitaciones, y cada rincón parecía guardar un eco de las palabras que nos habíamos dicho, de las promesas que habíamos sellado sin necesidad de papel ni testigos. Ethan me tomó la mano al cruzar el umbral, y su contacto fue firme, seguro, como si quisiera recordarme en cada paso que dábamos que ya no había vuelta atrás —y que tampoco la quería. Sus dedos entrelazaron los míos con una lentitud que me hizo cerrar los ojos un instante, disfrutando de la calidez que siempre parecía tener para mí, aunque el resto del mundo solo viera su frialdad.

—¿Te sientes en casa? —preguntó, deteniéndose en el vestíbulo y mirándome con esa ternura que ahora reservaba solo para mí. La luz del atardecer entraba por el ventanal, dibujando sombras suaves sobre su rostro, y pude ver cómo sus ojos oscuros se suavizaban al mirarme, como si yo fuera la única luz que necesitaba.

—Más que en ningún otro lugar —respondí, apretando su mano con fuerza, como si temiera que todo fuera un sueño del que despertaría en cualquier momento—. Contigo siempre estoy en casa.

Una vez dejamos nuestras maletas apoyadas contra la pared de la habitación, Ethan se sentó junto a mí en el borde de la cama y sacó de su bolsillo la cajita de terciopelo azul. La abrió con lentitud, como si estuviera entregándome algo más valioso que cualquier joya, y el anillo de su madre brilló bajo la luz tenue de la lámpara, devolviendo destellos dorados que parecían vivos.

—Quiero que lo lleves siempre —dijo, tomando mi mano entre las suyas y deslizando la banda en mi dedo con un cuidado infinito—. No como una carga, ni como un deber, sino como un recordatorio. De que somos libres de elegirnos cada día. De que el amor no tiene fecha de vencimiento ni cláusulas ocultas. De que lo nuestro empezó como un contrato, pero se convirtió en algo que nadie podría escribir en papel.

—Lo llevaré con el alma —susurré, alzando la mano para ver cómo la piedra capturaba la luz, sintiendo su peso ligero y cálido sobre mi piel—. Gracias por confiarme algo tan valioso. Gracias por dejarme entrar donde nadie más llegó.

—Tú eres lo más valioso que tengo —respondió, besándome la palma de la mano, justo donde latía mi pulso, antes de acercarse para besarme los labios, despacio, con la calma de quien sabe que tiene todo el tiempo del mundo. No había prisa, ni miedo, ni condiciones. Solo nosotros, y el silencio de la casa que por fin nos pertenecía.

La mañana siguiente comenzó de una manera distinta. No hubo prisa, ni tensiones, ni miradas esquivas. Desperté con el sol entrando por la ventana y el espacio a mi lado aún caliente; cuando bajé las escaleras, el olor a café recién hecho y pan dulce me guió hasta la cocina. Ethan me esperó junto a la isla de mármol, con el desayuno servido y la camisa arremangada, y cuando entré, me recibió con una sonrisa que iluminó toda la habitación, una sonrisa que ya no se esforzaba por ocultarse.

—Huele delicioso —dije, acercándome para abrazarlo por la espalda, sintiendo la firmeza de su espalda bajo mis manos y el temblor casi imperceptible con el que se giró hacia mí.

—Quería empezar bien el día —respondió, girándose para tomarme el rostro entre sus manos, sus pulgares rozando mis mejillas con ternura—. Empezar cada día sabiendo que te tengo a mi lado. Que no tengo que fingir nada contigo.

Mientras desayunábamos, me habló de los planes que tenía para la empresa, de los cambios que quería hacer, de la forma en que quería dirigir todo ahora que ya no tenía que cargar con todo solo. Me explicó con detalle, sin ocultarme nada, como si mi opinión fuera tan importante como la suya, y me pidió mi parecer como si yo fuera su socia, no solo su esposa.

—Tu voz importa aquí —dijo cuando terminó de hablar, y su tono no dejaba lugar a dudas—. Todo lo que decidas también lo decidimos nosotros. Si algo no te parece bien, lo hablamos. Si quieres cambiar algo, lo cambiamos. No hay puertas cerradas para ti, Lía. Ni en mi casa, ni en mi vida.

—¿Y si quiero empezar algo nuevo? —me atreví a preguntar, con el corazón latiéndome un poco más rápido, sin saber si entendería mi deseo de tener algo propio—. Algo mío, independiente del imperio Moretti. Un espacio que sea solo mío, para construirlo a mi manera.

Me miró sin que su sonrisa se borrara ni un instante, y me tomó la mano por encima de la mesa.

—Entonces lo construyes —respondió con naturalidad, como si fuera lo más obvio del mundo—. Y yo te ayudo. No tienes que pedirme permiso para brillar, Lía. Al contrario: quiero verte brillar más que nadie. Quiero que tengas todo lo que mereces, y más.

Esa tarde, mientras revisaba algunos libros y papeles en el salón, escuché que alguien llamaba a la puerta. Tres golpes secos, nerviosos. No esperaba a nadie, así que me acerqué con curiosidad, con el corazón latiéndome un poco más rápido de lo normal. Al abrirla, me encontré con Elena. Estaba de pie, con la postura rígida y la mirada inquieta, sin esa arrogancia que solía mostrar cada vez que aparecía. Llevaba el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos escondidas en los guantes, como si temiera entrar.

—¿Puedo pasar? —preguntó, sin mirarme directamente a los ojos, jugándose nerviosa con los bordes de los guantes—. Solo quiero hablar un momento. No te haré perder mucho tiempo.

Dudé un instante, mirando hacia el pasillo donde sabía que Ethan estaba en su estudio, pero luego asentí. No tenía nada que temer. La dejé pasar y la guié hacia el salón, donde la luz caía de forma suave sobre los muebles que ya empezaba a sentir míos. Ethan entró poco después, como si hubiera sentido su presencia, y al verla, su expresión se endureció levemente, pero no se marchó. Se quedó a mi lado, su hombro rozando el mío, dándome a entender que yo decidía si se quedaba o no, y que mi seguridad era lo primero.

—No vine para pelear —empezó ella, y su voz sonó más frágil de lo que jamás la había escuchado—. Vine porque me enteré de que… las cosas cambiaron entre ustedes. Que no es como antes. Y quiero pedirte disculpas, Lía. La forma en que te hablé aquel día no fue correcta. Yo… estaba acostumbrada a creer que todo seguía siendo como antes. Que Ethan siempre sería el mismo hombre cerrado y solitario que conocí. Pero veo que no es así. Veo que tú lo cambiaste. Y no te puedo culpar por eso.

—No lo cambié —respondí con calma, mirándola a los ojos sin rencor—. Él decidió mostrarse tal como era. Yo solo me quedé para verlo. Solo le di el espacio para ser él mismo.

Ella asintió, con una media sonrisa triste, y miró hacia la ventana.

—Tienes razón. Y espero que seas feliz. De verdad. Porque él merece a alguien que no le tenga miedo a su oscuridad. Y tú no la tuviste. Nunca la tuviste.

Se marchó poco después, y cuando la puerta se cerró tras ella, el silencio volvió a llenar la habitación, pero esta vez fue un silencio ligero, sin peso. Ethan me atrajo hacia sí, rodeándome con sus brazos, y apoyó la barbilla sobre mi cabeza.

—No necesito que ella lo apruebe —dijo, y su voz resonó contra mi espalda—. No necesito la aprobación de nadie. Solo necesito que tú estés aquí. Que te quedes.

—Y aquí estaré —respondí, abrazándolo con fuerza, sintiendo su corazón latir contra el mío—. Siempre. Pase lo que pase.

Esa noche, mientras mirábamos las estrellas desde el balcón, envueltos en una manta que nos cubría a ambos, me di cuenta de que ya no había secretos entre nosotros. No había paredes, ni miedos, ni fechas límite. Solo quedábamos nosotros, construyendo un futuro juntos, paso a paso, promesa tras promesa. El viento traía el olor de los árboles del jardín, y su mano buscó la mía, entrelazándola una vez más.

—Te amo —dijo Ethan, bajando la mirada hacia mí con una sinceridad que me llenó el alma hasta los bordes—. Más de lo que creí posible. Más de lo que jamás imaginé llegar a sentir por alguien.

—Y yo a ti —respondí, besándolo con todo mi corazón, con todo lo que era y todo lo que sería—. Hoy, mañana y siempre. No importa qué venga. Estamos juntos.

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