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CAPÍTULO 11 — El frío del silencio

A la mañana siguiente desperté con la sensación de haber sido golpeada durante el sueño. Tenía los ojos hinchados, la garganta cerrada y un peso en el pecho tan real que casi me costaba respirar. Me quedé mirando el techo durante largo rato, sin fuerzas para levantarme, repitiéndome las palabras de Ethan una y otra vez como si fueran un castigo. No te pido que me ames. Eso nunca formó parte del trato. Fue una equivocación. Una debilidad mía.

Cada frase se sentía como una puerta cerrándose justo en mis narices. Me había dicho que yo le había cambiado, que no sabía estar sin mí… y luego me recordó con una frialdad calculada que yo no era más que una adquisición temporal. Intenté entenderlo, buscar una razón, pensar que quizás estaba asustado o herido por algo que yo no conocía. Pero la verdad dolía demasiado para ser razonable: él había decidido ponerme fuera de su vida, y yo no tenía derecho a quedarme.

Bajé a desayunar mucho más tarde de lo habitual, esperando que ya se hubiera marchado. Pero al entrar al comedor, lo vi allí. Estaba sentado en su sitio de siempre, leyendo unos papeles con la misma expresión impasible que tenía la primera vez que lo vi. Parecía que nada había pasado. Que no me había destrozado anoche en la escalera, que no había estado a punto de confesarme que tenía miedo de perderme.

Al entrar, levantó la vista brevemente.

—Buenos días —dijo, con una voz tan neutra que parecía la de un desconocido.

Me senté en el extremo más alejado de la mesa, sin responder. No tenía ganas de fingir. No tenía fuerzas para ser educada con el hombre que había jurado protegerme y que ahora me trataba como a una mueca olvidada en un rincón.

Comimos en silencio. El ruido de los cubiertos contra la porcelana parecía excesivamente fuerte, rompiendo cada pocos segundos la calma espesa que nos rodeaba. Yo me esforzaba por tragar, pero cada bocado se sentía pesado y sin sabor. Él terminó antes, dejó la servilleta sobre la mesa y se quedó mirándome, como si estuviera esperando que yo dijera algo. Cuando no lo hice, se inclinó hacia adelante apoyando los antebrazos en la mesa.

—Esta noche hay una cena benéfica —anunció, con ese tono de quien da una orden que no se discute—. Tienes que venir.

Levanté la vista lentamente y lo miré a los ojos por primera vez desde que entré.

—¿Para qué? —pregunté, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba—. ¿Para fingir que todo está bien? ¿Para que la gente vea que el trato sigue en pie aunque tú me hayas dicho que todo lo demás no cuenta?

Se tensó. Sus dedos se cerraron sobre la servilleta arrugada.

—Es parte del acuerdo, Lía —respondió con sequedad—. Sabes que no puedo faltar. Y mi esposa va conmigo.

—¿Tu esposa de papel? —pregunté, sintiendo cómo las lágrimas querían subir de nuevo y obligándome a contenerme—. Porque anoche me dejaste muy claro que no tengo otro lugar aquí.

Se quedó callado un instante. Pareció querer decir algo, abrir la boca y buscar una salida. Pero al final, esa pared de hielo que tan bien construía volvió a caer entre los dos.

—Tú aceptaste las condiciones —dijo, apartando la mirada y poniéndose de pie—. Cúmplelas. Como haré yo con la mía.

Salió del comedor dejándome sola otra vez, con la rabia y la tristeza mezclándose en el estómago. Quería irme. Quería coger mi única maleta, subir a un taxi y volver a mi casa, a mi vida sencilla, donde nadie me prometía cosas para luego quitármelas. Pero pensé en mi padre, en la deuda cancelada, en la seguridad que mi familia tenía ahora. Y supe que no podía irme. No hasta que se cumpliera el plazo. Él había comprado mi tiempo. Y yo tenía que pagarlo hasta el último segundo.

Esa tarde nadie me vio sonreír. Me encerré en mi habitación hasta que Clara llamó a la puerta para decirme que ya era hora de vestirme. Me dejé hacer. Me pusieron el vestido, me arreglaron el pelo, me pintaron el rostro… y sentí que me preparaban para una actuación. Que esa mujer que me miraba desde el espejo no era yo. Era la señora Vane. La esposa comprada. La que debía estar perfecta aunque se estuviera cayendo a pedazos por dentro.

Cuando bajé, Ethan ya esperaba abajo. No me recorrió con la mirada como otras veces. No pareció notar el vestido ni el esfuerzo. Solo me tendió el brazo con una cortesía fría, impersonal.

—Vamos —dijo simplemente.

El viaje fue silencioso. Miraba por la ventana viendo las luces pasar borrosas y sentía que me alejaba de todo lo que yo era. Él mantenía la vista al frente, con la mandíbula apretada, como si estar cerca de mí fuera un esfuerzo que apenas podía soportar.

Al llegar al evento, todo fue peor de lo que imaginaba. Cámaras, saludos, manos que estrechar, cumplidos vacíos. Él me sostenía el brazo o la cintura cuando la gente miraba, pero no me miraba a mí. Sus palabras eran amables para los demás, pero conmigo se limitaba a instrucciones breves: “Sonríe”, “Saluda al señor Martínez”, “Vamos hacia allá”. No había cuidado. No había esa tensión compartida que antes nos unía. Ahora solo había distancia. Un abismo que él había cavado entre nosotros con sus propias manos.

En un momento dado, mientras él hablaba con un grupo de hombres de negocios, me aparté un poco hacia una zona más tranquila del salón, necesitando respirar aire que no estuviera cargado de hipocresía. Tenía la garganta seca y el pecho apretado. Me sentía tan pequeña y tan fuera de lugar como el primer día que entré en su despacho.

De repente escuché su voz cerca, hablando por teléfono en una zona apartada. No quería escuchar, pero las palabras llegaron solas, claras y cortantes:

—… Sí, ya lo sé. Es temporal. Hasta que se acabe el año y todo se solucione. No te preocupes. Sé lo que hago. No me estoy encariñando.

Me quedé helada. El mundo pareció detenerse.

Se giró en ese instante y me vio. Su rostro perdió todo el color. Sus ojos se abrieron de par en par, y por un segundo vi pánico en ellos. Pero ya era demasiado tarde. Yo había escuchado. Había entendido perfectamente: para él, yo seguía siendo solo una solución temporal. Un trámite. Y yo había sido la tonta que creyó que podía ser algo más.

Sin decir una palabra, me di la vuelta y empecé a caminar hacia la salida. No escuché que me llamara al principio. Luego su voz llegó, más fuerte, angustiada, pero no me detuve. Tenía que salir de ahí. Tenía que irme de su lado antes de que me rompiera del todo.

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