CAPÍTULO 12 — Huida en la noche

Las puertas de cristal se cerraron tras de mí con un sonido sordo y definitivo, como si estuvieran sellando para siempre el mundo de lujos y mentiras que yo nunca debí pisar. El aire fresco de la noche golpeó mi rostro de golpe, cortante y helado, y me obligó a respirar entrecortadamente mientras caminaba sin rumbo por el jardín iluminado. Las lágrimas me ardían en los ojos, pero no me detuve a secármelas; tenía que alejarme, poner metros de distancia entre él y yo, antes de que mi corazón se olvidara de latir por sí mismo.

—¡Lía! ¡Espera!

Su voz llegó desde atrás, fuerte y cargada de una desesperación que no estaba dispuesta a creer ya. Apreté el paso, con los tacones hundiéndose levemente en el césped húmedo, sin mirar hacia atrás. No quería verlo. No quería escuchar otra explicación confusa, otra media verdad que al final siempre terminaba dejándome afuera. ¿Qué más podía decirme? Ya lo había oído todo: Es temporal… No me estoy encariñando. Esas palabras eran más duras que cualquier puerta cerrada en la cara.

Sentí sus pasos acercándose rápidamente sobre el empedrado, y antes de que pudiera cruzar el pequeño puente hacia la avenida, una mano me agarró del brazo con suavidad pero con firmeza, deteniéndome en seco. Me giré con un movimiento brusco, sacudiéndome su contacto como si me hubiera quemado.

—¡No me toques! —grité, con la voz quebrada, mirándolo fijamente a los ojos aunque todo se me veía borroso—. ¡No te atrevas a tocarme ni a decirme que todo está bien cuando tú mismo le cuentas a otros que soy solo un trámite que esperas que acabe rápido!

Él se quedó con la mano suspendida en el aire, como si mi rechazo le hubiera dado en el pecho. Tenía el rostro tenso, los labios apretados y esa mirada gris que solía esconder todo lo que sentía, pero ahora había algo roto en ella. Parecía querer hablar, abrir la boca varias veces sin lograr que saliera sonido, como si las palabras se le hubieran quedado atascadas en la garganta.

—Escúchame —pidió al fin, con una voz mucho más baja y ronca de lo habitual—. No escuchaste todo. No entendiste bien lo que estaba diciendo.

—¿Qué no entendí? —respondí, acercándome un paso con el pecho lleno de rabia y dolor, señalando hacia la casa con un gesto tembloroso—. ¿Que soy temporal? ¿Que no te importo? ¿Que cuando se acabe el año te librarás de mí como si fuera un problema resuelto? ¡Eso lo entendí perfectamente, Ethan! Tú mismo me lo dijiste muchas veces, pero yo fui la estúpida que creyó que podíamos ser distintos. Que quizás… quizás yo también era una elección.

—¡Lo eres! —exclamó él, y por primera vez perdió el control de su tono, elevando la voz con angustia—. ¡Eres la única elección que he hecho libremente en mucho tiempo! Pero hay cosas que no te puedo contar, Lía. Peligros que no quiero que te toquen. Si hablo así, si me muestro indiferente… es para protegerte.

—¿Protegerme apartándome? —negué con la cabeza, sintiendo cómo una lágrima se me escapaba y recorría la mejilla—. Eso no es protegerme, Ethan. Eso es no confiar en mí. Es decidir por mí que no soy lo bastante fuerte para estar a tu lado cuando las cosas se ponen difíciles. Pero te equivocas. Yo aguanté la deuda, la pobreza, el miedo a perder mi casa y a mi padre… puedo aguantar lo que venga de ti también. Lo que no puedo aguantar es que me mientas. Que me hagas sentir que soy algo valioso para luego decirme que no soy nada.

Se quedó callado, y vi cómo sus hombros caían lentamente, perdiendo esa rigidez que siempre llevaba como una armadura. Parecía más pequeño, más cansado que nunca. Dio un paso hacia mí, y esta vez no retrocedí, aunque el corazón me latía a toda velocidad. Me miró fijamente, y vi en sus ojos algo que parecía terror puro.

—Tengo miedo —confesó, tan bajo que casi no lo escucho—. Tengo miedo de que si te dejo entrar del todo, algo te pase. O que yo te haga daño sin querer. Mi vida no es segura, Lía. No es limpia. Y tú… tú eres todo lo contrario. Tienes luz. Tienes bondad. Y tengo pánico a ensuciarte.

—Entonces confía en mí —le respondí, extendiendo una mano con lentitud hasta que toqué su pecho, sintiendo su corazón latir rápido bajo la camisa—. Confía en que yo sé con quién me caso. Confía en que no me rompo tan fácil. Y si tu mundo es oscuro… quizás yo pueda ayudarte a encender una vela. No tienes que cargar con todo tú solo. Y no tienes que fingir que no te importo para mantenerme a salvo. Eso duele más que cualquier peligro.

Me sostuvo la mirada largo rato, luchando consigo mismo, y luego soltó el aire con un temblor y cerró los ojos. Cuando los abrió, se inclinó lentamente hasta que su frente tocó el mío. No me besó. Solo se quedó ahí, respirando mi mismo aire, como si necesitara cerciorarse de que yo seguía ahí, de que no me había desvanecido.

—No sé cómo hacerlo —susurró con sinceridad desarmante—. No sé cómo ser diferente. Pero voy a intentarlo. Te lo prometo. Voy a intentar no tener miedo.

—Yo tampoco sé cómo —admití, pasando los dedos suavemente por su corbata desalineada—. Pero podemos averiguarlo juntos.

Sus manos encontraron mi cintura y me atrajo hacia sí despacio, como si temiera que fuera a huir de nuevo. Sus labios rozaron los míos con una ternura que dolía, suave y arrepentida, como si quisiera borrar todas las palabras frías y todas las distancias de los días anteriores. Cuando me besó, no había prisa ni posesión. Solo había la necesidad de volver a conectar, de sellar un acuerdo mucho más real que cualquier papel firmado en un despacho.

Cuando nos separamos, seguíamos muy cerca. Me miró con una expresión llena de promesas y de algo que se parecía mucho a esperanza.

—Vamos a casa —dijo, tomándome la mano y entrelazando sus dedos con los míos—. A nuestra casa.

Y mientras caminábamos juntos hacia la entrada, bajo las luces tenues y el cielo oscuro, sentí que por fin, después de tantas vueltas y caídas, empezábamos a caminar por el mismo camino.

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