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CAPÍTULO 20 — El jardín de los nuevos comienzos

El sol apenas había subido lo suficiente para bañar el jardín de luz dorada cuando salimos al porche, con dos tazas de café humeante en las manos y el aire fresco de la mañana acariciándonos el rostro. Ethan se apoyó en la barandilla de madera, mirando hacia el terreno descuidado que se extendía frente a la casa, y luego me miró a mí con esa chispa de emoción que empezaba a ser tan suya como su mirada gris.

—Cuando era niña, mi madre plantaba rosas aquí —dije, señalando un rincón donde aún se veían los restos de unos arbustos olvidados—. Decía que cada flor era una promesa de que algo hermoso podía crecer incluso donde todo parecía muerto.

Ethan se acercó y tomó mi mano entrelazando sus dedos con los míos.

—Entonces vamos a plantar —dijo con una sonrisa—. Vamos a llenar este lugar de promesas.

Pasamos la mañana entera trabajando juntos, sin prisa, sin ayuda, solo nosotros dos. Compramos herramientas, tierra, semillas y rosales de todos los colores. Cavamos la tierra con las manos manchadas de barro, nos reímos cuando él tropezó con una raíz y casi cae de espaldas, y cuando yo me senté en el suelo cansada, se sentó a mi lado sin dudarlo, igual de sucio, igual de feliz. No había nada de su mundo de oficinas y trajes aquí: solo un hombre con las manos llenas de tierra y el corazón lleno de esperanza, construyendo algo conmigo, paso a paso.

—¿Sabes? —dije mientras regábamos lo que acabábamos de plantar—. Hace un año jamás me habría imaginado aquí. Casada, feliz, con una casa y un jardín que cuidar. Creía que mi vida ya estaba escrita y que el final no era bueno.

Ethan dejó la regadera y me tomó entre sus brazos, limpiándome un resto de tierra de la mejilla con el pulgar.

—A veces los finales son solo el comienzo de algo mejor —respondió con suavidad—. Yo también creía que mi vida estaba escrita: soledad, trabajo, dinero y nada más. Hasta que entraste tú y reescribiste todo.

Mientras hablábamos, vi un coche acercarse por el camino de entrada. Ambos nos quedamos quietos, observando. No esperábamos a nadie. El vehículo se detuvo y de él bajó una mujer de mediana edad, con el cabello castaño recogido y una expresión nerviosa pero decidida. Cuando se giró hacia nosotros, sentí que la conocía de algún lugar, pero no lograba ubicarla. Ethan frunció el ceño, confundido, y me apretó levemente la mano.

—¿Ethan? —dijo la mujer, acercándose despacio, como si temiera que la mandara ir—. Sé que no esperabas verme. Sé que no tengo derecho a venir aquí. Pero necesitaba hablar contigo. Solo unos minutos, por favor.

Él se puso rígido a mi lado, y sentí cómo su respiración se tensaba.

—¿Quién eres? —preguntó, con voz cautelosa, sin soltarme la mano.

—Soy Mariana —respondió ella, y sus ojos se llenaron de lágrimas al ver la reacción de él—. Trabajé para tu padre durante muchos años. Y… soy tu madre.

El mundo pareció detenerse en ese instante. El aire se volvió denso y el silencio del jardín pesó como plomo. Ethan dio un paso atrás, soltándome de golpe, como si esas palabras le hubieran quemado. Su rostro perdió todo color y lo vi pálido, asustado, como un niño al que le acaban de decir algo que jamás creyó escuchar.

—Eso no es cierto —susurró, negando con la cabeza—. Mi madre murió cuando yo era pequeño. Me lo dijeron siempre.

—Tu padre te lo dijo —corrigió ella con voz quebrada—. Pero no era verdad. Me obligó a irme. Me prohibió volver. Me dijo que si no me marchaba, te haría daño a ti. Yo era joven, tenía miedo… y me fui. Pero nunca dejé de pensar en ti. Nunca un solo día.

Ethan se quedó sin palabras. Dio otro paso atrás, tropezando con una maceta, y casi cae. Yo corrí hacia él y lo sostuve del brazo, sintiendo cómo temblaba. Su mirada estaba perdida, llena de confusión, de rabia, de dolor acumulado durante décadas.

—¿Por qué ahora? —alcanzó a preguntar, con voz temblorosa pero firme—. ¿Por qué vienes justo ahora, después de veinte años? ¿Por qué no viniste antes? ¿Por qué dejaste que creyera que estaba muerta?

—Porque él vivía —respondió ella, llorando sin poder contenerse—. Mientras tu padre estuvo vivo, no me atreví. Sabía lo que era capaz de hacer. Pero cuando supe que había muerto… entonces me atreví. Me tomó mucho tiempo reunir el valor. Te vi una vez, desde lejos, cuando tenías dieciséis años. No me atreví a acercarme. Lo siento, Ethan. Lo siento con toda mi alma.

Él se apartó de mí y caminó unos pasos de un lado a otro, pasándose las manos por el cabello, desesperado. Veía que luchaba consigo mismo: la rabia por haber sido abandonado, el dolor de haber crecido sin ella, la necesidad inmensa de creer que no fue olvidado. Me acerqué despacio y puse una mano en su pecho, justo sobre su corazón.

—Respira —le dije solo para él—. No tienes que decidir nada ahora. No tienes que perdonar, ni aceptar, ni entender. Solo respira. Estoy aquí. Contigo. Pase lo que pase.

Se giró hacia mí y en sus ojos vi un alivio inmenso, como si mi voz lo anclara a la realidad cuando todo se le estaba derrumbando. Me abrazó con fuerza, escondiendo el rostro en mi cuello, y sentí cómo su cuerpo temblaba contra el mío. No lloró en voz alta, pero sentí las lágrimas silenciosas que mojaban mi piel.

—No sé qué hacer —susurró contra mí—. No sé si quiero que esté aquí.

—No tienes que saberlo hoy —respondí acariciándole la espalda—. Solo tienes que sentirlo. Y lo que decidas, estará bien. Te apoyaré. Siempre.

Se separó lentamente de mí y miró a la mujer, que seguía de pie, esperando con humildad, sin atreverse a dar un paso más.

—No te puedo decir qué pasará —le dijo Ethan con voz firme, aunque aún rota por la emoción—. No te puedo decir que te recibo con los brazos abiertos, porque no sé si puedo. Pero… tampoco te voy a echar. No hoy. Entra. Hablemos. Y luego veremos.

La expresión de ella se transformó en una gratitud infinita. Asintió con la cabeza, sin poder hablar, y nos siguió hacia la casa. Mientras caminábamos, Ethan me tomó la mano de nuevo, con fuerza, como si necesitara recordar que no estaba solo. Y mientras entraba a la casa con su pasado llamando a su puerta, supe que esta vez no tendría que enfrentarlo solo. Estaba yo. Y juntos, podríamos con cualquier verdad, por dolorosa que fuera.

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