CAPÍTULO 18 — Raíces que renacen

El sol apenas empezaba a teñir de dorado el horizonte cuando el coche de Ethan se detuvo frente a la vieja casa de mi familia. El corazón me latía con tanta fuerza que creí que se me saldría del pecho. Allí estaba: el porche donde me sentaba de niña, el jardín que mi madre cuidaba con amor, la ventana de mi habitación, siempre igual, esperándome. Durante tanto tiempo la vi solo en mis recuerdos, como un lugar perdido para siempre… y ahora estaba ahí, real, intacto, y de nuevo mía.

Ethan apagó el motor y se giró hacia mí, tomándome la mano con suavidad.

—Podemos entrar cuando estés lista —dijo, con voz tranquila—. No hay prisa. Y si prefieres esperar, no hay problema.

Lo miré con los ojos llenos de lágrimas, pero eran lágrimas de una alegría tan grande que dolía.

—Estoy lista —respondí, apretando su mano—. Gracias, Ethan. Por devolverme no solo una casa, sino un pedazo de mi alma que creía perdido.

Bajamos juntos y caminamos hacia la puerta principal. Cada paso me acercaba más a mi pasado, pero esta vez no iba sola. Él caminaba a mi lado, firme y seguro, dándome la fuerza que a veces me faltaba. Al poner la llave en la cerradura, mi mano temblaba. Cuando la puerta se abrió, el olor a madera vieja y a flores secas me recibió como un abrazo antiguo. Todo estaba tal como lo recordaba: el viejo sillón de mi padre junto a la chimenea, los cuadros familiares en las paredes, la mesa del comedor donde tantas veces habíamos reído juntos.

—Es hermosa —susurró Ethan, recorriendo la estancia con la mirada—. Se nota que aquí hubo mucho amor.

—La hubo —respondí, dejando caer una lágrima—. Y ahora volverá a haberla.

Recorrimos cada habitación juntos. En mi antigua habitación, me senté junto a la ventana, el mismo lugar donde solía soñar con un futuro mejor. Ethan se sentó a mi lado y me rodeó con el brazo.

—¿Qué sientes? —preguntó suavemente.

—Siento que cerré el círculo —respondí—. Que todo lo que pasamos, todo lo que sufrimos… tuvo un sentido. Porque me llevó hasta aquí. Hasta ti.

Esa misma tarde, llamé a mi padre. Cuando le dije que la casa era nuestra otra vez, el silencio al otro lado de la línea me dijo más que mil palabras. Luego su voz, quebrada por la emoción:

—No sé cómo lo lograste, hija… pero gracias. Gracias por no rendirte nunca.

—No lo hice sola, papá —respondí, mirando a Ethan—. Tuve ayuda. La mejor que podía haber encontrado.

Pasamos el resto del día organizando y limpiando, no como una obligación, sino como un acto de amor. Ethan no se quedó de pie mirando: ayudó a mover muebles, a colgar cuadros, a abrir ventanas para que entrara aire nuevo. Y en cada gesto veía algo más que amabilidad: veía respeto por mi historia, por mis raíces, por quien yo era antes de conocerlo.

—¿Te imaginas? —dije mientras colocábamos libros en una estantería—. Hace meses creía que mi vida estaba rota. Que no había nada que pudiera arreglar lo que perdimos. Y ahora tengo todo. Tengo a mi familia, tengo esta casa… y te tengo a ti.

Se detuvo y me miró con esa intensidad que siempre lograba hacerme sentir la mujer más afortunada del mundo. Se acercó y me apartó un mechón de cabello del rostro.

—No me tienes a mí como algo que se suma, Lía —dijo con voz firme y dulce a la vez—. Soy parte de todo esto. Tu pasado, tu presente y tu futuro. Y si me dejas, caminaré a tu lado mientras tengamos vida.

Esa noche, nos quedamos a dormir allí, en la casa que ahora era de nuevo nuestra. No hubo lujos ni comodidades excesivas, pero hubo algo mucho más importante: paz. Al acostarnos en la cama que había sido mía desde niña, me sentí en casa de verdad. Ethan me abrazó fuerte, pegándome a su pecho, y sentí el latido de su corazón acompasándose con el mío.

—Te amo —le susurré en la oscuridad—. Más de lo que las palabras pueden decir.

—Yo te amo a ti, mi vida —respondió, besándome la sien—. Y no hay casa, ni fortuna, ni nada en el mundo que valga más que esto. Que estemos juntos. Que seamos nosotros.

Al día siguiente, desperté con el sol entrando por la ventana y el sonido de Ethan moviéndose en la cocina. Me levanté y fui hacia allí, y al verlo, con una taza de café en la mano y el sol iluminándolo, supe que no necesitaba nada más. Todo lo que alguna vez soñé estaba ahí, frente a mí.

—Buenos días —dije, abrazándolo por la espalda.

—Buenos días, mi amor —respondió, girándose para besarme—. Hoy podemos decidir qué hacemos con el resto del jardín. O podemos quedarnos aquí todo el día. Lo que tú quieras.

Sonreí. Porque esa era la magia de todo: ya no había obligaciones, ni fechas límite, ni reglas impuestas. Solo éramos nosotros, libres de elegir cada paso, cada día, cada momento. Y lo elegiría mil veces. A él, a esta vida, a este amor que nació de un trato y se convirtió en eternidad.

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