(Perspectiva de Nolan)La penumbra del aula, iluminada solo por el reflejo mortecino de las luces de emergencia del pasillo que se filtraban por la rendija de la puerta, nos envolvía como una cúpula de cristal. El frío de la madrugada ya no era más que un recuerdo lejano, un eco difuso que se disipaba ante el calor abrasador que desprendían nuestros cuerpos. En ese espacio, rodeados de pupitres vacíos y el olor a tiza y papel viejo, las jerarquías académicas, los contratos sociales y los compromisos ajenos habían dejado de existir. Solo quedábamos nosotros, reducidos a nuestra esencia más cruda, a la verdad irrefutable de la necesidad mutua.Gemma estaba frente a mí, despojada ya de gran parte de su armadura. Estábamos en ropa interior, un estado de vulnerabilidad que, lejos de hacernos sentir expuestos, nos otorgaba una libertad salvaje. Mis manos, que siempre se habían movido con la precisión de un cirujano o la frialdad de un juez, ahora temblaban con una urgencia que no me molest
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