Capítulo 33: Promesas grabadas en la piel

(Perspectiva de Nolan)

Eran las cuatro de la mañana, un horario que solía dedicar a la revisión de sentencias complejas o a la preparación de mis ponencias magistrales. Sin embargo, en aquel momento, la única "sentencia" que me importaba era la respiración acompasada de Gemma contra mi costado. Estábamos ambos empapados en sudor, con la piel aún vibrando por la electricidad de nuestra cuarta ronda, un encuentro que había borrado cualquier rastro de duda, cualquier atisbo de decoro profesional, cualquier resto de la vida que habíamos intentado mantener separada de este caos.

Me dejé caer sobre el suelo de parqué, ignorando la incomodidad de los pupitres amontonados y el aire gélido que comenzaba a filtrarse por las ventanas mal cerradas. Gemma se acurrucó contra mí, buscando el refugio de mi pecho como si fuera la única superficie sólida en un mundo que se desmoronaba. Pasé mi brazo sobre su cuerpo, atrayéndola con una posesividad que ya no intentaba ocultar, y hundí mi rostro en su cabello, aspirando el aroma de nuestro encuentro: una mezcla de deseo, piel y algo mucho más profundo que me quemaba las entrañas.

Una sonrisa involuntaria, casi estúpida, se dibujó en mis labios. Nolan West, el hombre que despreciaba los finales felices de las novelas baratas, estaba allí, en el suelo de un aula, exhausto, sudado y absolutamente eufórico.

—¿En qué piensas? —murmuró ella, con la voz pastosa por el agotamiento. No se movió, ni siquiera abrió los ojos.

—Pienso en lo absurdo que es todo esto —respondí, dándole un beso suave en la sien—. Pienso en cómo hace dos horas estaba furioso por un beso de una ex y ahora me siento como si hubiera conquistado un territorio que ni siquiera sabía que era mío.

Ella soltó una risita ahogada, un sonido que me hizo vibrar el pecho.

—Has estado a punto de perder la cabeza varias veces esta noche, Nolan. Reconócelo.

—La he perdido. Y, sinceramente, es la mejor decisión que he tomado en mis treinta y tantos años de existencia.

Me quedé en silencio un momento, acariciando su brazo con el pulgar. El futuro, una palabra que yo siempre gestionaba con cláusulas de escape y planes de contingencia, apareció de pronto en mi mente con una claridad aterradora. Ya no veía expedientes judiciales cuando pensaba en los próximos meses; veía una vida que no podía imaginar sin ella.

—¿Sabes? —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro grave—. He estado pensando en lo que pasará cuando salga el sol. En cómo vamos a manejar esto fuera de este aula. No me refiero a las próximas semanas, sino a lo que viene después. Me he imaginado un escenario, Gemma. Un escenario donde no tenemos que escondernos en aulas cerradas, donde no tenemos que fingir que somos profesor y alumna, donde los anillos que llevas puestos no significan nada porque... bueno, porque ya no estarán.

Sentí cómo su cuerpo se tensaba ligeramente bajo el mío. El silencio que siguió fue breve, pero para mí, cada segundo fue un siglo.

—Es un sueño bonito, Nolan —dijo ella al fin, y pude notar la melancolía que se colaba en su voz—. Pero no sé si va a pasar. No sé si la realidad nos permite ese tipo de futuros. Hay demasiadas cosas atadas, demasiadas expectativas. A veces, simplemente despertar a la luz del día es suficiente castigo como para empezar a imaginar castillos en el aire.

—No son castillos en el aire —repliqué, y esta vez mi tono adquirió esa autoridad que usaba ante el tribunal, la que no dejaba lugar a réplicas—. Son hechos. Son hechos que vamos a construir.

Me incorporé lo suficiente para mirarla a los ojos. A pesar de la oscuridad, pude ver el brillo de sus pupilas reflejando la penumbra.

—No te estoy pidiendo que me creas hoy —continué, tomando su mano y entrelazando nuestros dedos con una firmeza que quería transmitirle toda mi convicción—. Sé que te he dado razones para dudar de mí, para dudar de nosotros. Pero te aseguro que todo lo que hemos hecho, todo este caos, este desorden, este nivel de entrega... no es fortuito. Es la base.

—Nolan, no puedes prometer el futuro. Nadie puede —susurró ella, con una pequeña sonrisa triste—. El mundo real es mucho más complicado que un aula cerrada con llave.

—El mundo real es lo que nosotros decidamos que sea —le corté, acariciando su mejilla con el dorso de los dedos—. Escúchame bien: te prometo que esto no se va a quedar aquí. No voy a permitir que este momento sea una anécdota que terminemos enterrando en el pasado. Voy a hacerme cargo de cada obstáculo. Si tengo que enfrentarme a los consejos académicos, si tengo que romper cada código de ética que he defendido, si tengo que ser el villano de tu historia hasta que el resto del mundo se dé cuenta de que nadie te va a querer como yo te quiero... lo haré.

Ella me miró intensamente, como si buscara alguna fisura en mi determinación, alguna señal de que mi arrojo era solo fruto de la pasión del momento. Pero yo sabía que no era así. Estaba más lúcido que nunca.

—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué arriesgar tanto por mí?

—Porque eres la única persona que ha logrado que me detenga —dije, siendo honesto hasta el punto de la brutalidad—. Porque antes de ti, mi vida era una sucesión de éxitos estadísticos, de metas cumplidas y de una frialdad que yo confundía con orden. Tú no eres un éxito estadístico. Eres el caos que necesitaba para saber que estaba vivo. Y no pienso dejar que ese caos se vaya de mi lado.

Ella suspiró y se refugió de nuevo en mi hombro, cerrando los ojos.

—Promesas peligrosas, profesor.

—Las mejores —respondí.

Me incliné y le di un beso suave en la nariz. La sensación de tenerla ahí, tan cerca, tan vulnerable después de haberlo entregado todo, me proporcionaba una paz que nunca antes había conocido. En ese momento, en la madrugada, rodeados de las sombras de una facultad de derecho que pronto se convertiría en el escenario de nuestra batalla, me sentí invencible.

—No sé qué pasará mañana —dijo ella, con un tono mucho más suave—. Pero ahora mismo... ahora mismo me basta con que estés aquí.

—Voy a estar aquí —le aseguré, apretándola contra mí—. Mañana, pasado mañana, y cada día en que el mundo intente decirnos que no podemos estar juntos. Vas a ver, Gemma. Vamos a ver cómo todo ese futuro que te he prometido se convierte en nuestra rutina diaria. Te lo prometo.

Ella soltó un largo suspiro, su cuerpo relajándose finalmente bajo el mío. Estaba agotada, consumida por el cansancio físico y la intensidad emocional de la noche. Poco a poco, el ritmo de su respiración comenzó a hacerse más pesado, más pausado, indicándome que finalmente se estaba dejando vencer por el sueño.

Me quedé allí, observándola dormir, sintiendo el calor que emanaba de su cuerpo contra el mío. Afuera, la ciudad comenzaba a despertar de manera silenciosa, pero dentro de aquella aula, el tiempo se había detenido. Mi mente empezó a trabajar, no con la ansiedad de siempre, sino con la frialdad de quien tiene una hoja de ruta.

Si ella quería pruebas, las tendría. Si ella temía al futuro, yo me convertiría en su seguridad. Había empezado siendo el hombre de las reglas, pero me había convertido en el hombre que estaba dispuesto a cambiar la ley con tal de que ella estuviera en mi bando.

Finnick me había dicho que luchara, y yo estaba librando la guerra más importante de mi vida. No era una lucha contra otros hombres, ni contra Daniela, ni contra el decanato. Era una lucha contra el tiempo y contra la incertidumbre. Y mientras la sentía ahí, tan entregada a mí en su sueño, supe que no iba a perder.

La cuarta ronda había sido el colofón perfecto, una unión que nos había dejado a ambos vacíos y, al mismo tiempo, llenos de algo nuevo. No era solo deseo; era un reconocimiento absoluto. Habíamos dejado de ser dos extraños, dos roles en una jerarquía, y habíamos pasado a ser dos cómplices. Y los cómplices, cuando tienen un plan, son imparables.

Acaricié su espalda con la palma de la mano, disfrutando de la textura de su piel, de la forma en que se movía con cada respiro. Mañana nos despertaríamos, nos vestiríamos, y saldríamos de allí para enfrentar el juicio del mundo. Habría miradas sospechosas, rumores, quizás incluso enfrentamientos directos. Pero nada de eso tenía importancia. Nada tenía la entidad suficiente para romper lo que habíamos sellado esa noche.

Cerré los ojos, dejándome arrastrar por el sueño que finalmente reclamaba mi cuerpo. "Prometido", me dije a mí mismo, dejando que esa palabra fuera mi último pensamiento antes de caer en la oscuridad. Prometido. Un contrato que no se firmaba con una pluma, sino con el alma, y que, a diferencia de todos los otros contratos que había gestionado en mi vida, no tenía fecha de vencimiento.

Cuando el sol saliera, volveríamos a ser el profesor y la alumna. Pero, en el fondo, ambos sabríamos que esa fachada era solo un teatro, una cortina de humo necesaria para proteger el tesoro que ahora reposaba sobre mi pecho. Y yo, que siempre había amado el juego, estaba listo para ser el mejor actor que jamás hubiera pisado esos pasillos, todo con tal de mantenerla a ella a mi lado. El futuro no era algo que nos iba a suceder; era algo que íbamos a conquistar. Y para eso, me sobraban razones.

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