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Capítulo 36: El golpe de la verdad y la factura de la traición

 (Perspectiva de Nolan)

Habían pasado cuatro días desde aquella fatídica noche en el club nocturno, cuatro días que se habían convertido en una eternidad de plomo y silencio. Cuatro días de mirar fijamente la pantalla del teléfono, esperando un mensaje que nunca llegó, de recorrer los pasillos de la universidad con el paso pesado de un hombre condenado, y de comprobar una y otra vez que Gemma había cumplido su palabra de desaparecer. No respondía a mis llamadas, ignoraba mis correos y su nombre ya no aparecía en las listas de asistencia de las clases de la tarde. Se había esfumado, dejando tras de sí un vacío tan absoluto que amenazaba con devorarme por dentro.

Yo intentaba mantener la fachada. Dictaba mis cátedras de Derecho Mercantil con la misma precisión milimétrica de siempre, revisaba contratos, firmaba expedientes y actuaba como el profesor impasible que todos conocían. Pero por dentro, el engranaje de mi vida se había descompuesto. Sabía exactamente lo que estaba ocurriendo: el peso de la culpa la había aplastado, y había elegido la retirada antes de permitir que la verdad destruyera lo poco que quedaba de nuestra moralidad.

Sin embargo, el destino, que parecía regodearse en nuestra desgracia, no iba a permitir que me mantuviera en la ignorancia por mucho tiempo.

Era un jueves por la noche cuando sonó mi teléfono móvil sobre el escritorio de mi despacho. La pantalla iluminada mostraba el nombre de Finnick. Mi estómago dio un vuelco helado, una punzada de pánico que rara vez experimentaba en los tribunales. Desde la noche de la fiesta apenas habíamos hablado; él estaba sumido en una extraña mezcla de desconcierto, tristeza y silencio tras la repentina ruptura con su prometida.

—¿Diga? —respondí, intentando mantener la voz firme y neutral.

—Nolan. Necesito que vengas a nuestro bar de siempre. The Grid. Ahora mismo —la voz de Finnick no sonaba como la de mi mejor amigo alegre y bromista. Era una voz plana, oscura, cargada de una pesadez metálica que me hizo erizar la piel.

—Finnick, escucha, estoy terminando unos expedientes, ¿podemos dejarlo para...

—No te estoy pidiendo un favor, Nolan. Te estoy exigiendo que vengas. Si aprecias algo de los años que llevamos siendo hermanos, preséntate aquí en veinte minutos. O voy a buscarte a tu despacho —cortó la llamada con un tono seco que dejó el teléfono zumbando en mi oído.

El trayecto en coche hasta el bar fue una lenta marcha hacia el cadalso. Cada semáforo en rojo parecía una advertencia, un recordatorio de que las mentiras, tarde o temprano, se pagan al contado. Cuando aparqué frente al local y crucé la puerta de madera, el ambiente me pareció extrañamente hostil. El bar estaba casi vacío; era temprano y la música apenas era un murmullo de fondo.

Vi a Finnick sentado en la misma esquina de la barra donde, semanas atrás, le había confesado en forma de acertijo que me había enamorado. Tenía frente a él un vaso de bourbon casi intacto, y las manos apretadas con tanta fuerza alrededor del cristal que los nudillos se le veían completamente blancos.

Me acerqué con pasos lentos, sintiendo que el aire de mis pulmones se volvía cada vez más denso. Me senté en el taburete contiguo, guardando un silencio prudente.

—Vaya, al fin llegas —dijo Finnick sin girarse a mirarme, con la vista fija en el ámbar de su vaso—. Sabes, Nolan... durante los últimos días he estado intentando buscarle una lógica a todo esto. He repasado cada conversación, cada detalle, cada excusa que Gemma me dio antes de romper nuestro compromiso y marcharse de la ciudad.

El corazón se me detuvo un segundo.

—¿Se... se ha marchado? —pregunté, incapaz de evitar que la pregunta saliera temblorosa.

Finnick giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos, habitualmente llenos de calidez, estaban inyectados en sangre, fríos y repletos de una furia contenida que quemaba a metros de distancia.

—Sí. Se ha ido. Ha aceptado un trabajo a cientos de kilómetros, ha roto conmigo de la noche a la mañana, diciendo que era por el estrés, por la presión, por incompatibilidad... —Finnick soltó una carcajada corta, desprovista de cualquier tipo de humor, y dio un trago largo a su vaso—. Pero la verdad es que la pieza no encajaba. Gemma no es de las que huyen por un simple examen de derecho mercantil. Hay algo más. O mejor dicho, alguien más.

Tragué saliva con dificultad. Sentí el sabor amargo de la cobardía quemándome la garganta. Quise mentir, quise levantar el muro de mis defensas legales, quise apelar al código de la amistad y negar cualquier implicación. Pero al mirar el rostro destrozado de mi mejor amigo, comprendí que la mentira ya no era una opción. Le debía la verdad, por dolorosa que fuera.

—Finnick... yo... —comencé, apoyando las manos en la barra, con la voz rota—. Lo Siento. Lo siento más de lo que las palabras pueden expresar.

Finnick se quedó congelado. Los músculos de su mandíbula se tensaron de tal manera que creí que iba a romper los dientes. Parpadeó un par de veces, asimilando la confesión implícita en mis palabras, y el color se le desvaneció por completo del rostro.

—¿De qué estás hablando? —susurró con una voz peligrosa, un hilo de hielo que cortaba el aire—. ¿De qué coño estás pidiendo perdón, Nolan?

Me armé de valor, levanté la vista y lo miré directamente a los ojos, aceptando el peso de mi propia catástrofe.

—De Gemma. Fui yo.

El golpe llegó antes de que mi cerebro pudiera procesar el movimiento.

Finnick se levantó del taburete con una violencia desmedida, volcando el vaso de bourbon que se estrelló contra el suelo de madera en mil pedazos. Su puño derecho se estrelló contra mi mejilla izquierda con una fuerza brutal. El impacto me desequilibró por completo, haciéndome caer del taburete y derribando la silla al suelo con un estrépito metálico.

El sabor ferroso de la sangre inundó mi boca de inmediato. Me quedé tumbado en el suelo del bar, con la mejilla ardiendo y un dolor agudo latiendo en el pómulo, sin intentar levantarme ni defenderme. Sabía que me lo merecía. Cada gramo de ese golpe era poco comparado con el daño que le habíamos causado.

El camarero dio un paso al frente desde el fondo de la barra, asustado, pero Finnick levantó una mano con autoridad, deteniéndolo con una mirada asesina antes de que pudiera intervenir.

Finnick se inclinó sobre mí, respirando de manera agitada, con las manos temblando de rabia pura. Me agarró de la solapa de la camisa y me levantó a la fuerza, obligándome a quedar sentado contra la base de los taburetes.

—¿Tú? —escupió las palabras con un desprecio tan profundo que me desgarró más que el golpe—. ¿Tú, mi mejor amigo? ¿El hermano al que le he confiado mi vida, mi casa, mis secretos? ¿Te has estado acostando con mi prometida?

—No empezó así, Finnick... —balbuceé, limpiando un hilo de sangre que escurría por la comisura de mis labios con el dorso de la mano.

—¡Me importa una m****a cómo empezó! —gritó él, sacudiéndome con violencia antes de soltarme y dar un paso atrás, pasándose las manos por el cabello rubio con desesperación—. ¡Estaba a punto de casarme con ella, cabrón! Íbamos a pasar el resto de nuestra vida juntos. Le entregué mi confianza, y tú... tú te metiste en medio. ¿Desde cuándo? ¿Desde cuándo dura esta m****a? ¿Mientras yo organizaba la boda? ¿Mientras brindábamos en este mismo bar?

—Desde antes de la fiesta... —confesé con la voz rota, sin ocultar nada, porque la verdad era lo único que nos quedaba—. Pero te juro que ninguno de los dos sabía que estabas involucrado. Cuando la presentaste esa noche... el mundo se nos vino abajo. Ninguno de los dos lo sabía, Finnick. Te lo juro por lo más sagrado.

Finnick se quedó en silencio. Su respiración seguía acelerada, su pecho subía y bajaba con violencia, y en sus ojos se mezclaban la rabia, la traición y una profunda y desoladora tristeza. Se giró hacia la barra, apoyando las manos en la madera mientras intentaba recuperar el control.

—No lo sabían... —repitió con una amargura infinita—. Qué conveniente. Qué bonita coincidencia trágica. Y aun así, cuando lo descubrieron... ¿qué hicieron? ¿Continuaron viéndose a mis espaldas? ¿O decidiste seguir jugando al profesor ético mientras te acostabas con la mujer de tu mejor amigo?

—Intentamos terminarlo —dije, incorporándome con lentitud, sosteniéndome del borde de la barra y limpiando la sangre de mi labio—. Esa misma noche en el pasillo, cuando descubrimos quién eras tú para ella, dijimos que se acabó. Gemma tomó la decisión de marcharte, de romper contigo y de irse lejos para no seguir destruyéndote. Ella te respetaba, Finnick. Más de lo que crees.

Finnick se volvió hacia mí, con una sonrisa cínica y rota dibujada en los labios.

—¿Respeto? No me hables de respeto, Nolan. Si me hubiera respetado, me lo habría dicho a la cara en lugar de huir como una cobarde. Y tú... tú te llamas mi mejor amigo, pero has demostrado que no tienes escrúpulos cuando se trata de conseguir lo que quieres.

—Sí, cometí el peor error de mi vida. He traicionado tu confianza, y sé que no hay excusa legal ni moral que pueda justificar lo que hice —le dije, mirándole fijamente a los ojos, sin esquivar su mirada a pesar del dolor en mi rostro—. Puedes odiarme, puedes romper nuestra amistad para siempre, puedes hacerme lo que quieras. Me lo he ganado a pulso. Pero no dudes ni un segundo que lo que sentí por ella... lo que ambos sentimos... no era un capricho.

Finnick se quedó callado durante largos segundos. El silencio en el bar era abrumador, roto solo por el zumbido lejano del refrigerador de la barra. Me miró de arriba a abajo, evaluando el daño físico que me había hecho y el daño emocional que él mismo sentía en el pecho.

—Vete, Nolan —dijo finalmente, con una voz fría, carente de cualquier atisbo de afecto—. Lárgate de mi vista antes de que pierda los papeles por completo y te rompa el otro lado de la cara.

—Finnick...

—He dicho que te largues —repitió, señalando la puerta con el dedo índice, sin mirarme ya a los ojos—. Nuestra amistad se terminó hoy, Nolan West. Para mí estás muerto. Y si alguna vez vuelves a cruzarte en mi camino, o en el camino de Gemma... atente a las consecuencias.

Asentí lentamente, con un nudo en la garganta que me impedía articular una sola palabra más. Me acomodé la chaqueta con torpeza, sintiendo el cuerpo dolorido y el alma completamente destrozada. Caminé hacia la salida del bar, empujando la puerta y saliendo a la fría noche de la ciudad.

El golpe en la mejilla dolía, pero dolía mucho más saber que había perdido al único amigo real que me quedaba en este mundo. Había querido jugar con las reglas del destino, había creído que podíamos controlar el caos, y la factura finalmente había llegado. Finnick me había dado el golpe que merecía, y Gemma se había marchado a cientos de kilómetros para escapar de la culpa.

Me subí al todoterreno, apoyando la frente contra el volante durante unos minutos, dejando que la oscuridad de la cabina ocultara mis lágrimas. El juicio había terminado. Había perdido al amigo, había perdido la coartada, y la mujer a la que amaba se había alejado de mi alcance. Pero a pesar de la derrota, de la sangre en mi labio y de la soledad que me pesaba en los hombros, una pequeña chispa seguía ardiendo en mi interior. Ella se había ido, sí. Pero la historia, por más trágica que pareciera en ese capítulo, aún no había llegado a su sentencia final.

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