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Capítulo 37: El eco de la tormenta y el reencuentro

(Perspectiva de Gemma)

Seis meses. Doscientos diez días desde aquella noche en el café, desde la mirada rota de Finnick, desde el momento en que empaqué mi maleta, subí a un tren y dejé atrás mi vida, mis rutinas y el único lugar del mundo donde había aprendido a arder.

La ciudad a la que me había mudado era radicalmente distinta a la capital. Aquí los días transcurrían con una calma casi monótona, rodeada de árboles frondosos, calles adoquinadas y el aire limpio de una provincia montañosa que parecía ajena al caos que un día nos consumió. Había conseguido un puesto fijo en el departamento de investigación de la universidad local; un trabajo tranquilo, rodeada de libros, archivos y silencio. Un intento desesperado de reconstruir los cimientos de una existencia que creía rota para siempre.

Sin embargo, había una verdad ineludible que ningún cambio de código postal, ningún título académico y ninguna distancia geográfica podían borrar.

Caminaba despacio por los senderos del parque central, abrigada con un grueso abrigo de lana gris que apenas lograba disimular la profunda transformación de mi cuerpo. Me detuve junto a un banco de madera rodeado de robles centenarios, sintiendo cómo las primeras gotas de una llovizna otoñal comenzaban a humedecer el ambiente.

Inconscientemente, bajé la mirada y llevé ambas manos hacia mi vientre. Estaba abultado, redondo y firme, marcando el compás de una nueva realidad que había comenzado a gestarse aquella misma madrugada en el aula 4B, bajo la penumbra y el frío de un secreto que creíamos impenetrable. Dos vidas. Dos pequeños latidos que crecían dentro de mí, formándose en silencio, convertidos en la prueba viviente de que lo que había existido entre Nolan y yo no había sido un capricho pasajero, sino una colisión de almas que había reescrito el destino.

Al principio, el miedo me había paralizado. El descubrimiento, semanas después de mi llegada, de que llevaba no uno, sino dos hijos suyos, había sido una avalancha emocional tan intensa que estuve a punto de colapsar. Pensé en escribirle, en llamarle, en romper el pacto de silencio. Pero la culpa me detenía. Recordaba los ojos de Finnick, el sonido del golpe en su mejilla, la destrucción que habíamos dejado a nuestro paso. Creí que lo correcto era proteger a estos niños del caos, criarlos en el refugio de esta nueva vida, lejos de las cenizas de un pasado que nos quemaba las manos.

Una ráfaga de viento frío sacudió las ramas de los árboles, y las gotas de lluvia comenzaron a caer con más fuerza, convirtiendo el chispeo en un aguacero constante. Los paseantes del parque corrieron a refugiarse bajo los toldos de las cafeterías o los pórticos de los edificios cercanos. En cuestión de minutos, el sendero quedó prácticamente vacío.

No me importó mojarme. Me quedé allí, de pie junto al banco, acariciando suavemente mi vientre protegido por el abrigo, sintiendo una pequeña patadita, un recordatorio cálido y firme de que no estaba sola, de que una parte de él —de nosotros— latía con fuerza dentro de mí. Una sonrisa melancólica se dibujó en mis labios mientras las lágrimas, mezcladas con el agua de la lluvia, comenzaban a deslizarse por mis mejillas.

¿Qué diría si los viera?, pensé, imaginando la expresión de asombro absoluto en el rostro siempre controlado y cerebral de Nolan West. El hombre de las reglas, de los contratos y de las estrategias judiciales, convertido de la noche a la mañana en padre por partida doble. La idea era tan hermosa como aterradora.

Di media vuelta para comenzar el camino de regreso hacia mi apartamento, situado a pocas manzanas de allí, acelerando el paso con la torpeza propia de mi estado avanzado de gestación. El agua caía con más intensidad, empapando mi cabello y pesando sobre la tela de mi ropa.

Y entonces, en medio del rumor constante de la lluvia golpeando las hojas y el asfalto, un sonido rompió la quietud del parque.

—¿Gemma?

El tiempo se detuvo. Exactamente igual que aquella noche en el club, el mundo entero pareció apagarse, dejando un silencio absoluto en mis oídos. El corazón me dio un vuelco tan violento en el pecho que me obligó a detenerme en seco.

Creí que era una jugada de mi mente. Una alucinación provocada por el cansancio, por las horas de lectura, por el deseo constante e inconfesable de escuchar esa voz que me había perseguido en sueños durante los últimos seis meses.

No me atreví a girar la cabeza. Me quedé congelada en medio del sendero, con los puños apretados contra los bolsillos del abrigo y la respiración atrapada en la garganta.

—Gemma... por favor, date la vuelta.

Esta vez no había duda. La voz era baja, grave, desgastada por el cansancio pero cargada de una urgencia inconfundible. Esa voz que conocía mejor que la mía propia.

Giró lentamente el cuerpo, obligando a mis piernas a sostener el peso de mi cuerpo y de la verdad que cargaba en el vientre. A pocos metros de distancia, de pie bajo la cortina de agua que caía sin piedad sobre el parque, estaba Nolan.

Se veía distinto. Llevaba el pelo desordenado por la lluvia, sin la impecable raya de siempre, y su gabardina oscura estaba completamente empapada. No quedaba rastro del profesor pulcro y distante que dictaba cátedra en el decanato. Tenía los ojos fijos en mí con una intensidad que quemaba, una mezcla de desesperación, alivio y un miedo reverencial que jamás le había visto. En su mejilla izquierda, apenas perceptible bajo la penumbra del día gris, aún quedaba la sombra pálida de la cicatriz invisible que nos había marcado a todos.

—Nolan... —logré articular en un susurro apenas audible, sintiendo que las rodillas me temblaban.

Él no esperó una invitación. Dio un paso al frente, luego otro, y comenzó a caminar con prisa por el sendero embarrado hasta acortar la distancia entre nosotros. Cada paso suyo era un puente tendido sobre los meses de silencio, de distancia y de dolor.

Cuando estuvo a menos de un metro, se detuvo de golpe. Sus ojos recorrieron mi rostro, deteniéndose en mis lágrimas, en el agua que resbalaba por mi frente, y descendieron lentamente, siguiendo la línea de mi abrigo... hasta detenerse en el volumen evidente de mi vientre.

El mundo pareció contener la respiración. Vi cómo los ojos de Nolan se abrían de par en par, cómo su mandíbula se tensaba y cómo el color abandonaba su rostro por completo. Toda su capacidad analítica, su proverbial control de la situación, se desmoronó en una sola fracción de segundo.

—Gemma... —su voz se quebró, perdiendo toda la fuerza, convirtiéndose en un lamento tembloroso—. Yo... yo no lo sabía.

—¿Cómo ibas a saberlo? —respondí, sintiendo que el llanto me desbordaba, permitiendo finalmente que las lágrimas cayeran sin freno—. Me fui sin despedirme de verdad. Te dejé atrás. Creí que era lo mejor para todos.

Nolan dio un paso más, acercándose con una cautela infinita, como si temiera que si se movía demasiado rápido yo pudiera evaporarme como un espejismo. Extendió una mano temblorosa, con los dedos abiertos, flotando a pocos centímetros de mi vientre, sin atreverse a tocarlo sin mi permiso.

—¿Cuánto... cuánto tiempo? —preguntó, y su voz era apenas un soplo contra el ruido de la lluvia.

—Seis meses —le contesté, con la voz rota por el llanto—. Justo el tiempo que llevo aquí.

Nolan cerró los ojos un instante, apretándolos con fuerza, mientras una sola lágrima, limpia y caliente, se mezclaba con las gotas de lluvia que escurrían por sus mejillas. Cuando volvió a abrirlos, había en su mirada una devoción tan pura, tan absoluta, que me desarmó por completo.

Lentamente, con una delicadeza extrema, apoyó la palma de su mano abierta sobre mi vientre, justo encima de la lana del abrigo.

En ese preciso instante, como si reconocieran la presencia de quien los había engendrado en el caos de aquella aula, los bebés se movieron. Una pequeña y firme patadita golpeó la palma de su mano.

Nolan se quedó completamente petrificado. Su respiración se detuvo. Sentí cómo su mano temblaba contra mi cuerpo, y vi cómo sus labios se separaban en una mueca de asombro y felicidad tan profunda que rozaba el dolor.

—Están aquí... —susurró, con una sonrisa temblorosa y rota que jamás le había visto en el rostro—. Son reales. Son nuestros.

—Son dos, Nolan —le confesé, mientras más lágrimas caían por mi rostro—. Vienen dos en camino.

Él levantó la vista lentamente desde mi vientre hasta mis ojos. Ya no quedaba rastro del hombre orgulloso que exigía contratos y exclusividad. Ya no quedaba rastro del profesor intocable. Tenía delante al hombre que me había amado en la clandestinidad, al hombre que había perdido a su mejor amigo por mi culpa, al hombre que, a pesar de todo el daño y toda la distancia, había cruzado estados enteros solo para encontrarme.

—No importa lo que haya pasado antes, Gemma —dijo Nolan, con una voz firme, revestida de una autoridad que ya no era académica, sino vital—. No importa Finnick, no importa el decanato, no importa la distancia ni los errores que hayamos cometido. Se acabó la huida.

Se inclinó ligeramente y, con una ternura infinita, besó mis labios bajo la lluvia. Fue un beso salado por las lágrimas, frío por el clima pero abrasador en el alma; un sello definitivo que borraba de un plumazo los seis meses de ausencia.

—Te busqué cada día, Gemma —murmuró contra mi boca, sin apartar la mano de mi vientre—. Cada maldito día desde que te fuiste. Y ahora que los he encontrado... a los tres... juro ante cualquier ley humana o divina que no voy a volver a dejar que te alejes de mi lado.

Me aferré a las solapas de su gabardina empapada, enterrando mi rostro en su pecho, sintiendo el calor de su cuerpo y el latido desbocado de su corazón compasivo con el mío. La lluvia seguía cayendo sobre nosotros, lavando las calles, el parque, los recuerdos amargos del pasado.

Ya no éramos los náufragos de un aula fría. Éramos una familia que nacía en medio de la tormenta. Y por primera vez en mi vida, supe con absoluta certeza que el futuro que Nolan me había prometido aquella madrugada ya no era una quimera: era el único lugar donde merecía la pena vivir.

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