Si hay algo que aprendí durante mis años de práctica profesional es a identificar una amenaza en el horizonte. Un abogado sabe cuándo un testigo está mintiendo, cuándo una contraparte está preparando una emboscada y, sobre todo, cuándo alguien intenta invadir su territorio.El problema era que, esta vez, mi territorio no era una sala de juntas, sino el consultorio del Dr. Adrián Santillán, un obstetra cuya sola existencia parecía diseñada para hacerme sentir como un troglodita con corbata.Era la semana doce del embarazo. Gemma, que seguía librando su particular guerra contra el mundo de los olores y las texturas, había decidido que el Dr. Santillán era el "mesías de la obstetricia". Yo, por el contrario, lo veía como una variante moderna y peligrosamente atractiva de un modelo de catálogo de moda que, por azares del destino, sabía cómo hacer ecografías.—Nolan, deja de mirar al doctor así —susurró Gemma mientras estábamos sentados en la sala de espera, donde el Dr. Santillán pasaba c
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