(Perspectiva de Nolan)
Había transcurrido una semana exacta desde aquella madrugada interminable en el aula 4B. Siete días en los que habíamos aprendido a bailar en la cuerda floja de la clandestinidad universitaria. Habíamos tenido par de citas discretas, encuentros furtivos en restaurantes apartados donde las luces eran bajas y las palabras sobraban, momentos en los que la ilusión de un futuro juntos parecía posible, protegidos por el anonimato de la noche. Sin embargo, los secretos en un campus universitario tienen fecha de caducidad, y la realidad, implacable y caótica, decidió estallarnos en la cara de la manera más cruel e inimaginable un sábado por la noche.
Finnick, mi mejor amigo de toda la vida, el hermano que había soportado mis crisis existenciales y me había dado el mejor consejo frente a un vaso de bourbon, había decidido celebrar por todo lo alto su compromiso. Había organizado una fiesta privada en un exclusivo club nocturno del centro, un evento exclusivo para un círculo reducido de amigos, familiares y socios. Por supuesto, yo no podía faltar. Era su padrino, su confidente y su apoyo incondicional.
Llegué al local cerca de las diez de la noche. El ambiente era vibrante, elegante y ruidoso, iluminado por destellos de luces cálidas y acompañado por el murmullo de copas chocando y risas animadas. Me acerqué a la barra a saludar a Finnick, quien llevaba una sonrisa luminosa y radiante, impropia de un hombre que solía ser tan cínico como yo.
—¡Hasta que apareces, hermano! —exclamó Finnick, dándome un fuerte abrazo de oso y entregándome una copa de whisky de inmediato—. Empecé a creer que te habías acobardado o que te habías quedado atrapado en otro de tus juicios interminables.
—Tengo un sentido de la puntualidad impecable, Finnick. Solo que el tráfico estaba imposible —mentí con una media sonrisa, intentando mantener la compostura bajo el peso de una semana agotadora y emocionante a la vez.
—Bueno, eso no importa ahora. Hay alguien a quien tienes que conocer por fin —dijo Finnick con una expresión de orgullo desbordante, tomándome del brazo con entusiasmo—. Llevas días diciéndome que querías conocer a mi prometida, que querías comprobar si de verdad estaba a la altura de mis exigencias. Pues bien, ha llegado el momento. Ven, está saludando a unos tíos míos cerca de la terraza.
No tuve tiempo de replicar ni de preparar una excusa. Finnick me arrastró entre la multitud con la energía de un niño en una juguetería, abriéndose paso con total naturalidad hacia la zona más iluminada y ajardinada del club. Mi mente estaba en otra parte, pensando en Gemma, en cómo se vería en ese preciso instante, ignorando por completo que el universo estaba a punto de ejecutar la jugada más retorcida de su historia.
—Amor —la voz de Finnick resonó alegre y cálida, atrayendo la atención de una mujer que estaba de espaldas a nosotros, vestida con un elegante traje de noche que brillaba bajo los focos—. Ven aquí. Quiero presentarte a mi mejor amigo, al único hermano que me ha aguantado durante todos estos años. Nolan, ella es...
La mujer se giró con una sonrisa educada en los labios, dispuesta a cumplir con el protocolo social de la presentación.
El tiempo, de repente, se detuvo. Los sonidos del local parecieron apagarse, sumergidos en un zumbido sordo e irrelevante. Mi copa de whisky tembló peligrosamente en mi mano.
Frente a mí, con los ojos abiertos de par en par por una mezcla de terror absoluto, incredulidad y un shock tan profundo que la dejó inmóvil como una estatua, estaba Gemma.
La reconocí al instante, por supuesto. Su perfume, la forma en que sostenía su copa con los dedos rígidos, el color de su vestido que se fundía con las luces del lugar... todo era ella. La misma mujer que, hacía apenas unas noches, se había entregado a mí en el suelo de un aula fría, jurándome que no había nadie más, que era mía.
Gemma me miraba con el rostro completamente pálido, los labios ligeramente entreabiertos y el color desvaneciéndose de sus mejillas. Estaba atrapada en la misma parálisis que a mí me impedía articular una sola palabra, tragar saliva o respirar con normalidad.
—¿Gemma? —la voz de Finnick sonó a lo lejos, extrañada por nuestra absoluta falta de reacción—. ¿Nolan? ¿Qué pasa? ¿Por qué se quedan mirando así? ¿Se conocen de algo de la facultad?
—¿De... de la facultad? —logré balbucear, sintiendo que la sangre se me helaba en las venas y que el suelo bajo mis pies se desvanecía. Mi cerebro, entrenado para resolver complejos casos legales en cuestión de segundos, se había quedado completamente en blanco, incapaz de procesar el absurdo entramado de casualidades en el que acabábamos de caer.
—Sí, claro —dijo Finnick, riendo nerviosamente, sin notar la tormenta que estaba estallando entre nosotros—. Gemma es estudiante de derecho mercantil. Y Nolan es... bueno, ya sabes, el profesor más estricto y brillante de todo el departamento. ¿A que es una locura? ¡Vaya coincidencia que justo se crucen aquí!
—Sí... una coincidencia fascinante —logré decir con una voz que apenas y me pertenecía, mientras clavaba mis ojos en los de Gemma, buscando en su mirada alguna respuesta, algún indicio de que ella también lo sabía, de que esto era una pesadilla compartida.
Pero en los ojos de Gemma solo había pánico. Un pánico puro, crudo y devastador.
Por fortuna —o por desgracia—, en ese preciso instante se acercó un grupo de familiares de Finnick para felicitarlo efusivamente, reclamando su atención y apartándolo unos pasos de nosotros entre risas y palmadas en la espalda. La burbuja protectora de la presentación se rompió por un segundo, dejándonos a ambos aislados en medio del bar abarrotado.
Gemma dio un paso tambaleante hacia atrás, con las manos temblando, y me hizo un gesto imperceptible con la cabeza hacia un pasillo lateral poco iluminado que conducía a las salidas de emergencia y a los baños privados. Sin esperar mi confirmación, dio media vuelta y caminó de prisa hacia allí.
Dejé la copa sobre una mesa cercana con tanta fuerza que un poco de líquido salpicó el mantel, e ignorando los llamados lejanos de Finnick, la seguí a grandes zancadas.
El pasillo estaba vacío, silencioso y tenuemente iluminado. Gemma estaba apoyada contra la pared de ladrillo visto, respirando de manera agitada, con los ojos llenos de lágrimas que se negaba a derramar, temblando de pies a cabeza.
—¿Tú lo sabías? —fue lo primero que soltó en cuanto me vio aparecer, con un hilo de voz que apenas lograba traspasar el nudo de su garganta—. ¿Sabías desde el principio que Finnick era mi prometido?
—¡Claro que no! —exclamé con desesperación, dando un paso al frente y extendiendo las manos, aunque me detuve al ver cómo retrocedía—. ¿Cómo iba a saberlo, Gemma? Me habló de su novia, de su compromiso, de sus planes de boda... ¡pero jamás me dijo su nombre! Y tú... tú me hablabas de un prometido, de una vida atada, ¡pero jamás mencionaste que tu mejor amigo, tu futuro esposo, era Finnick! ¡Mi mejor amigo! ¡Mi hermano!
Gemma se llevó las manos a la cabeza, tirando ligeramente de su cabello en un gesto de absoluta desesperación. Las lágrimas finalmente rompieron la barrera de sus pestañas y comenzaron a deslizarse por sus mejillas.
—¡Esto es una locura! ¡Una maldita pesadilla! —gimió ella, con la voz quebrada—. ¿Cómo hemos podido ser tan ciegos? ¿Cómo no atamos los cabos? Las descripciones, las historias de los fines de semana, los viajes... ¡Dios mío, Nolan! Si Finnick se llega a enterar de esto... si se entera de que el hombre con el que lo he estado engañando, el hombre con el que me he metido en un aula a perder la cabeza, es su mejor amigo... lo mataremos. Literalmente lo destruiremos.
—Cálmate, Gemma. Escúchame —le pedí, acercándome con cautela hasta quedar a pocos centímetros de ella, intentando transmitirle una calma que yo mismo no sentía en absoluto.
—¡No me digas que me calme! —estalló ella, con un destello de furia que conocía muy bien—. ¿Qué vamos a hacer, Nolan? ¿Eh? ¿Cuál es tu brillante estrategia legal ahora? ¿Vas a redactar un contrato de confidencialidad para que esto desaparezca? ¿Vas a fingir que no pasó nada en esa aula? ¿Vas a dejarme casar con él mientras tú sigues siendo el padrino de honor en nuestra boda? ¡Dime! ¡Dime qué vamos a hacer ahora!
Sus palabras cayeron sobre mí como los golpes de un martillo. Cada pregunta era un abismo sin fondo. Tenía razón. La ironía del destino nos había colocado en una trampa perfecta, una situación sin salida lógica donde cualquier movimiento que hiciéramos implicaba la destrucción total de alguien inocente.
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que el aire me quemaba la garganta. La miré fijamente, viendo el reflejo de mi propio terror en sus ojos, pero también el vínculo indestructible que habíamos forjado durante semanas de clandestinidad.
—No lo sé —admití en un susurro grave, pasando una mano por mi nuca con frustración—. No sé cómo vamos a salir de esto. Pero de lo que sí estoy seguro... de lo que te juro ahora mismo... es que no voy a dejar que te cases con él.
Gemma se quedó helada. Me miró con una mezcla de horror y Súplica, negando con la cabeza lentamente.
—Nolan, por favor... escucha lo que estás diciendo. Es Finnick. Es tu mejor amigo. El hombre que ha estado contigo en las buenas y en las malas, el que te defendió cuando todos los demás dudaban de ti. No puedes hacerle esto. No podemos hacerle esto.
—¿Y qué quieres que haga, Gemma? —repliqué, sintiendo que la rabia y la impotencia competían por dominar mi voz—. ¿Quieres que finja que no te amo? ¿Quieres que te mire caminar hacia el altar del brazo de mi mejor amigo sabiendo que tu cuerpo, tus labios y tu alma me pertenecen? ¿Quieres que me siente en la primera fila a aplaudir mientras entierro lo único real que he sentido en toda mi vida?
—¡Es que no hay otra salida! —gritó ella con desesperación, cubriéndose el rostro con las manos—. Si salimos a la luz, destruimos a Finnick. Si nos callamos, nos destruimos a nosotros mismos. ¡Estamos atrapados, Nolan! ¡Completamente atrapados!
—No puedo herir a mi amigo, Gemma —dije, y las palabras me sabían a ceniza pura, a veneno destilado lentamente en mi propia boca—. Conozco a Finnick. Daría su vida por mí. Sé lo que significo para él y lo que él significa para mí. Traicionarlo de esta manera... romperle el corazón sabiendo que la mujer que ama nos pertenece a los dos... es algo con lo que ni siquiera yo sé si podría vivir.
Gemma dejó caer las manos. Su expresión cambió de la furia a una frialdad desoladora, una quietud peor que el llanto. Dio un paso atrás, distanciándose de mí como si mi presencia fuera de repente insoportable.
—Entonces se acabó, Nolan —dijo ella en un tono tan plano, tan carente de vida, que me hizo estremecer más que sus gritos—. Si no puedes herir a tu amigo, y yo no puedo destruir la vida que he construido... entonces esto nunca debió pasar. El aula, las noches, las promesas... todo fue un error. Un maldito error de cálculo.
—¡No digas eso! —le exigí, dando un paso al frente para agarrarla de los brazos, impidiendo que se marchara—. Sabes perfectamente que no fue un error. Lo que tenemos es real.
—¿Y de qué sirve que sea real si nos va a costar la vida destrozar a la única persona que no se merece esto? —preguntó ella, con los ojos anegados en lágrimas, mirándome con una mezcla de amor y absoluta derrota. Se soltó de mi agarre con un movimiento seco—. Quédate con tu amigo, Nolan. Sé el buen padrino, sé el hombre fiel, el abogado brillante que cumple con las reglas. Y déjame a mí... déjame volver a mi vida de mentiras, porque al menos ahí nadie sale herido por nuestra culpa.
Sin darme tiempo a replicar, sin dejarme buscar otra cláusula en este contrato absurdo que la vida nos había impuesto, Gemma giró sobre sus talones. Se alejó a paso firme por el pasillo, regresando al bullicio de la fiesta, a la luz de los focos y a los brazos del hombre que, sin saberlo, se había convertido en nuestro mayor obstáculo moral.
Me quedé allí, solo en la penumbra del pasillo, con las manos vacías y el eco de sus palabras resonando en mis oídos. El juego había terminado. Ya no había estrategias legales, ni cafés en el pasillo, ni aulas cerradas con llave. El mundo real había entrado en juego, y por primera vez en mi vida, me enfrentaba a un caso que no sabía cómo ganar sin perderlo absolutamente todo.