Mundo ficciónIniciar sesión(Perspectiva de Gemma)
El zumbido de la fiesta seguía resonando en mi cabeza como un eco lejano y distorsionado, pero en el interior de mi apartamento, el silencio era tan espeso que dolía. Habían pasado tres días desde aquella noche fatídica en el club nocturno, tres días en los que el tiempo parecía haberse detenido en un bucle de náuseas, insomnio y una culpa tan densa que me aplastaba el pecho cada vez que intentaba respirar.
Sentada en el suelo de la sala, con las rodillas contra el pecho y la mirada fija en la penumbra de la madrugada, repasaba una y otra vez el rostro de Finnick iluminado por las luces del local, seguido inmediatamente por la mirada desesperada y furiosa de Nolan. Estábamos atrapados en una pesadilla de proporciones bíblicas. Nolan era el mejor amigo de Finnick. El hombre que había estado a su lado en las buenas y en las malas, el hermano que conocía sus secretos más oscuros. Y yo... yo era la pieza podrida en esa ecuación perfecta de lealtad masculina.
Cada vez que cerraba los ojos, veía los ojos de Finnick llenos de orgullo al presentarme, y el peso de mi traición me quemaba por dentro como ácido puro. Había cruzado la línea del peligro, había jugado con fuego en un aula universitaria, me había entregado sin reservas a un hombre al que creía un desconocido para mi entorno, solo para descubrir que el destino tenía el sentido del humor más retorcido del planeta.
No podía seguir así. La culpa no era solo una emoción abstracta; era una presencia física que me desgarraba las entrañas. Finge una sonrisa, desayunaba con Finnick, escuchaba sus planes de boda con una amabilidad artificial que me revolvía el estómago. Cada palabra de afecto que él me dirigía era una estaca clavada en mi conciencia. Él no se merecía esto. Nadie, por muy enamorado que estuviera de otra persona, se merecía ser la víctima colateral de una pasión clandestina y prohibida.
El punto de quiebre llegó un martes por la tarde. Finnick había venido a mi apartamento con la intención de revisar catálogos de catering para la recepción. Su entusiasmo era desbordante; hablaba con las manos, sonreía con esa luz cálida que tanto lo caracterizaba y me besaba la frente con una ternura que me hizo querer romper a llorar allí mismo.
—¿Te pasa algo, amor? Estás muy callada hoy —me preguntó de repente, deteniéndose frente a mí y tomando mis manos frías entre las suyas—. Desde la fiesta del sábado te noto distante. ¿Es el estrés de la facultad? Sé que los exámenes finales de derecho mercantil con el profesor West son una pesadilla, pero ya casi terminas el semestre.
El nombre de Nolan resonó en la habitación como un trueno. Aparté las manos con suavidad, fingiendo acomodarme el cabello para ocultar el temblor de mis dedos.
—Sí, Finnick... es eso. Es el estrés —logré articular con una voz que sonaba extrañamente ajena—. La presión de las clases, los proyectos, la carga académica... siento que no puedo respirar. Necesito un cambio de aire, un descanso absoluto de todo esto.
Finnick frunció el ceño, con una expresión genuina de preocupación en el rostro. Se inclinó para besarme los labios, un beso limpio, inocente y lleno de una confianza ciega que me hizo sentir la peor persona del mundo.
—Lo entiendo, preciosa. Pero ya pasará. Solo un poco más y habremos terminado con esta etapa —dijo él, sonriendo con dulzura antes de despedirse con la promesa de regresar al día siguiente.
Cuando la puerta se cerró tras él, el aire de la sala pareció agotarse por completo. Me dejé caer contra el respaldo del sofá, con las lágrimas brotando sin control, limpiando con furia mis mejillas. Ya no podía soportarlo más. La farsa tenía que terminar. No podía casarme con Finnick mintiéndole de esa manera, y tampoco podía seguir viendo a Nolan a escondidas sabiendo que cada encuentro destruía un poco más los cimientos de la lealtad que los unía.
Esa misma noche, con los dedos temblando sobre el teclado del ordenador, tomé una decisión drástica. Había estado postulando discretamente a plazas de investigación y docencia en universidades de otros estados, opciones que había descartado meses atrás por miedo a alejarme de mi vida establecida. Pero ahora, la distancia se había convertido en la única tabla de salvación posible.
Al cabo de dos horas de correos frenéticos y llamadas con coordinadores académicos que valoraban mi expediente, llegó la confirmación: un puesto de asistente en un programa de posgrado e investigación en una universidad situada a cientos de kilómetros de distancia, con incorporación inmediata para el inicio del próximo mes. Era una salida limpia. Una manera de cortar de raíz el nudo gordiano en el que nos habíamos metido.
El momento más difícil, sin embargo, seguía pendiente. Tenía que poner fin a mi compromiso con Finnick.
Lo cité el jueves por la noche en un café neutral, un lugar tranquilo donde los gritos y las escenas dramáticas estuvieran fuera de lugar. Cuando llegó, traía esa misma sonrisa cálida, sin sospechar absolutamente nada. Pedimos un par de cafés que ninguno de los dos terminó tocando.
—Finnick... tenemos que hablar —comencé, sintiendo que las palabras pesaban toneladas en mi lengua.
Él me miró con atención, ladeando ligeramente la cabeza, aunque la sombra de la preocupación comenzó a asomarse en sus ojos.
—Dime, Gemma. Pasa algo, ¿verdad? Me tienes con el alma en un hilo desde hace días.
—Lo nuestro... no puede continuar, Finnick —solté de golpe, sin filtros, porque sabía que si intentaba adornarlo con tacto, me faltaría el valor para terminar la frase—. Lo siento. Lo siento de verdad con toda el alma.
El silencio que siguió a mis palabras fue tan profundo que parecía absorber el sonido ambiental del local. Finnick parpadeó un par de veces, como si no hubiera procesado correctamente el idioma en el que le hablaba. Su sonrisa se desvaneció lentamente, dejando paso a una expresión de absoluta perplejidad.
—¿De qué estás hablando, Gemma? —preguntó con una risa nerviosa, intentando buscar la broma en mi rostro—. ¿Es una broma por el estrés de los exámenes? Mira, si estás agobiada por la boda, podemos posponerla, podemos hablar con los proveedores, podemos...
—No es una broma, Finnick —le interrumpí, con la voz quebrada pero firme, mientras las lágrimas comenzaban a acumularse en mis ojos—. No se trata solo de la boda. Se trata de nosotros. De mí. No puedo casarme contigo.
—¿Por qué? —exigió saber, y su tono, aunque moderado, comenzó a temblar de dolor e incredulidad—. ¿Qué he hecho mal? ¿Hay otra persona? Dime la verdad, Gemma. ¿Hay alguien más?
Su pregunta fue una cuchilla directa al centro de mi pecho. Pude haber mentido. Pude haber inventado cualquier excusa sobre incompatibilidad de caracteres, metas distintas o miedos al compromiso. Pero mirar a los ojos al hombre que había confiado ciegamente en mí, al mejor amigo del hombre con el que lo había traicionado, me impidió seguir acumulando mentiras sobre más mentiras.
—No has hecho nada mal, Finnick. Eres un hombre increíble, generoso, leal... te mereces a alguien que pueda entregarte el corazón entero, sin reservas, sin sombras y sin culpas —dije, bajando la mirada hacia la mesa, incapaz de sostenerle la vista—. Pero yo no soy esa persona. Te he fallado. No de la manera en que imaginas, pero te he fallado al no ser honesta con lo que siento, al arrastrarte a una relación en la que ya no puedo estar.
—Eso no tiene ningún sentido, Gemma —respondió él, negando con la cabeza con frustración, pasando una mano por su cabello rubio—. Si me dices que no me amas, si me dices que hay otro... dímelo de una vez. No me vengas con discursos de culpa. ¿Quién es? ¿Es alguien de la universidad?
—No te voy a decir nombres, Finnick... porque eso solo traería más destrucción de la que ya hay —murmuré, sintiendo que el llanto me ahogaba—. Solo te pido que me perdones. Sé que ahora me odias, y tienes todo el derecho del mundo a hacerlo. Pero esta decisión es definitiva.
—¿Definitiva? —repitió él, con la voz rota por una mezcla de rabia y profunda tristeza—. ¿Así sin más? ¿Tres años de relación, planes de boda, una vida juntos... tirados a la basura porque de repente "no puedes estar"?
—No es de repente. Es algo que lleva tiempo rompiéndose dentro de mí —mentí con dolor—. Y para empeorar las cosas... me voy. He aceptado un trabajo fuera del estado. Me mudo la próxima semana.
Finnick se quedó petrificado. Los ojos se le abrieron de par en par, asimilando el golpe final.
—¿Te vas? ¿A dónde?
— lejos de aquí, Finnick. Necesito empezar de cero. Necesito encontrarme a mí misma, alejarme de todo este entorno que me asfixia —expliqué, limpiando apresuradamente una lágrima que se había escapado por mi mejilla.
Él se quedó en silencio durante largos minutos. Miró su taza de café fría, luego sus manos entrelazadas sobre la mesa, y finalmente levantó la vista hacia mí. En sus ojos ya no había rabia; solo una desolación infinita que me hizo sentir la peor criatura sobre la tierra.
—Supongo que... supongo que no puedo obligarte a quedarte, Gemma —dijo con un susurro áspero, retirándose de la mesa y poniéndose de pie con lentitud—. Si querías marcharte, lo único que tenías que hacer era decírmelo desde el principio. No tenías que destrozarme de esta manera.
—Lo siento, Finnick. Lo siento tanto...
—Guárdate tus disculpas. No las quiero —respondió con una frialdad formal, dándose la vuelta sin mirar atrás.
Lo vi alejarse por la puerta del café, perdiéndose en la noche de la ciudad. Me quedé sentada allí durante un rato largo, con el pecho hecho pedazos, sabiendo que acababa de dinamitar mi vida por completo. Había dejado a Finnick, había aceptado el trabajo fuera del estado, y había tomado la única salida ética que me quedaba para evitar que la mentira siguiera creciendo.
Pero al salir a la calle, bajo la fría brisa de la medianoche, una certeza dolorosa me golpeó con la fuerza de un huracán: al marcharme y romper con todo, también estaba renunciando a Nolan. Había elegido la huida antes que la catástrofe, la distancia antes que la confrontación. Y aunque mi conciencia respiraba un poco más ligera al no tener que mentirle más a Finnick, mi alma sabía que el verdadero castigo apenas comenzaba, porque dejar atrás a Nolan West significaba apagar el único fuego real que había encendido mi vida.







